María y el ES

la vinculación de la Santísima Virgen María con el Espíritu Santo
( Papa Benedicto XVI )

El decálogo de la vinculación de la Virgen María con el Espíritu Santo, según el Papa Benedicto XVI.

En su alocución del sábado 30 de mayo de 2009 glosó la relación entre María y el Espíritu Santo. Una relación –dijo- “estrechísima, privilegiada, indisoluble”.

He aquí, en forma de decálogo, las palabras del Papa, en la que desmenuza esta relación:

1.- EN LA ANUNCIACIÓN: La Virgen de Nazaret fue elegida para que se convirtiera en Madre del Redentor por obra del Espíritu Santo: en su humildad, halló gracia ante Dios (cf. Lc 1, 30). Efectivamente, en el Nuevo Testamento vemos que la fe de María «atrae», por así decirlo, el don del Espíritu Santo. Ante todo, en la concepción del Hijo de Dios, misterio que el propio arcángel Gabriel explica así: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1, 35).

2.- EN LA VISITACIÓN: Inmediatamente (de la Anunciación y Encarnación) después, María acude a ayudar a Isabel, y he aquí que cuando llega hasta ella y la saluda, el Espíritu Santo hace que el niño salte de gozo en el seno de su anciana pariente (cf. Lc 1, 44); y todo el diálogo entre las dos madres está inspirado por el Espíritu de Dios, particularmente el cántico de alabanza con que María expresa sus sentimientos profundos: el Magníficat.

3.- EN LA NATIVIDAD Y LA INFANCIA DE JESÚS: Toda la historia del nacimiento de Jesús y de su primera infancia está guiada de manera casi palpable por el Espíritu Santo, aun cuando no siempre se lo nombre. El corazón de María, en consonancia perfecta con su Hijo divino, es templo del Espíritu de verdad, en el que toda palabra y todo hecho quedan conservados en la fe, en la esperanza y en la caridad (cf. Lc 2, 19. 51).

4.- EN LA VIDA OCULTA EN NAZARET: Podemos, pues, estar seguros de que el corazón santísimo de Jesús, durante toda la vida oculta en Nazaret, halló siempre en el corazón inmaculado de María un «hogar» permanentemente encendido de oración y de atención constante a la voz del Espíritu.

5.- EN LAS BODAS DE CANÁ: Testimonio de tan singular sintonía entre Madre e Hijo en la búsqueda de la voluntad de Dios es lo acontecido en las bodas de Caná. En una situación preñada de símbolos de la alianza como la de un banquete nupcial, la Virgen María intercede y provoca —valga la expresión— un signo de gracia superabundante: el «vino bueno» que remite al misterio de la Sangre de Cristo.

6.- EN EL CALVARIO: Ello nos conduce directamente al Calvario, donde María permanece al pie de la cruz junto con las demás mujeres y el apóstol Juan. Madre y discípulo recogen espiritualmente el testamento de Jesús: sus últimas palabras y su último aliento, en el que empieza a derramar el Espíritu; y recogen el grito silencioso de su Sangre, íntegramente derramada por nosotros (cf. Jn 19, 25-34). María sabía de dónde venía aquella sangre: se había formado en ella por obra del Espíritu Santo, y sabía que ese mismo «poder» creador resucitaría a Jesús, como él había prometido.

7.- EN LA PASCUA: Así la fe de María sostuvo la de los discípulos hasta el encuentro con el Señor resucitado, y siguió acompañándolos también tras su ascensión al cielo, a la espera del bautismo «en el Espíritu Santo» (cf. Hch 1, 5).

8.- EN PENTECOSTÉS: En Pentecostés, la Virgen Madre aparece nuevamente como Esposa del Espíritu para ejercer una maternidad universal respecto a cuantos son engendrados por Dios mediante la fe en Cristo.

9.- EN LA VIDA DE LA IGLESIA: Por eso es María, para todas las generaciones, imagen y modelo de la Iglesia que con el Espíritu camina en el tiempo invocando el regreso glorioso de Cristo: «Ven, Señor Jesús» (cf. Ap 22, 17. 20).

10.- EN NUESTRA VIDA, EN LA VIDA DE LOS CRISTIANOS: Aprendamos de María a reconocer nosotros también la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida, a escuchar sus inspiraciones y a seguirlas dócilmente. Él nos permite crecer de manera conforme a la plenitud de Cristo, con esos frutos buenos que el apóstol Pablo enumera en su Carta a los Gálatas: «Amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Ga 5, 22). Hago votos por que os veáis colmados de estos dones y caminéis siempre con María según el Espíritu, y, al tiempo que alabo vuestra participación en esta celebración vespertina, imparto de todo corazón a vosotros y a vuestros seres queridos la bendición apostólica.
(Fin de la cita del Papa Benedicto)



la virgen MARÍA en LA espera DEL ESPÍRITU SANTO EN PENTECOSTÉS: Un segundo adviento

La relación de María con el Espíritu Santo es muy estrecha y a la vez privilegiada.

Mientras dura la espera de la venida del Espíritu Santo prometido, todos perseveraban unánimemente en la oración juntamente con las mujeres y con María, la Madre de Jesús…. Todos están en un mismo lugar, en el Cenáculo, animados de un mismo amor y de una sola esperanza. En el centro de ellos se encuentra la Madre de Dios. La tradición, al meditar esta escena, ha visto la maternidad espiritual de María sobre toda la Iglesia. “La era de la Iglesia empezó con la “venida”, es decir, con la bajada del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos en el Cenáculo de Jerusalén junto con María, la Madre del Señor”.

Nuestra Señora vive como un segundo Adviento, una espera, que prepara la comunicación plena del Espíritu Santo y de sus dones a la naciente Iglesia. Este Adviento es a la vez muy semejante y muy diferente al primero, el que preparó el nacimiento de Jesús. Muy parecido porque en ambos se da la oración, el recogimiento, la fe en la promesa, el deseo ardiente de que esta se realice. María, llevando a Jesús oculto en su seno, permanecía en el silencio de su contemplación. Ahora, Nuestra Señora vive profundamente unida a su Hijo glorificado.

Esta segunda espera es muy diferente a la primera. En el primer Adviento, la Virgen es la única que vive la promesa realizada en su seno; aquí, aguarda en compañía de los Apóstoles y de las santas mujeres. Es esta una espera compartida, la de la Iglesia que está a punto de manifestarse públicamente alrededor de nuestra Señora: “María, que concibió a Cristo por obra del Espíritu Santo, el amor de Dios vivo, preside el nacimiento de la Iglesia el día de Pentecostés, cuando el mismo Espíritu Santo desciende sobre los discípulos y vivifica en la unidad y en la caridad el Cuerpo místico de los cristianos”

Ella es una criatura única; todo su ser, sus acciones y su Misión están movidas por el Espíritu Santo. Es concebida inmaculada, en situación de plenitud de gracia y en su corazón conocemos al Espíritu Santo.

María, al recibirlo, tuvo un crecimiento de gracia, y un desarrollo de las virtudes infusas y de los dones del Espíritu Santo. Recibió todavía más perfección sobrenatural.

Hay momentos importantes en la vida de la Virgen María muy vinculados al Espíritu Santo: en la Anunciación, la Visitación a su prima Santa Isabel, el Nacimiento e infancia de Jesús, la vida oculta de Nazaret, las Bodas de Caná, en el Calvario, en la Pascua y por supuesto en Pentecostés.

Los apóstoles, antes del día de Pentecostés, “perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres y con María la Madre de Jesús” Hech, 1,14

La Virgen María nos enseña el significado de vivir en el Espíritu Santo y qué significa para cada cristiano, para cada uno de nosotros, que está llamado a acoger la Palabra de Dios, a acoger a Jesús dentro de sí y llevarlo luego a todos. María invocó al Espíritu con los Apóstoles en el Cenáculo: también nosotros, cada vez que nos reunimos en oración estamos sostenidos por la presencia espiritual de la Madre de Jesús, para recibir el don del Espíritu y tener la fuerza de testimoniar a Jesús resucitado” .

Ella fue para los apóstoles y lo es hoy para nosotros el mejor modelo para seguir las inspiraciones del Espíritu Santo.

En Pentecostés, la Virgen Madre aparece nuevamente como Esposa del Espíritu para ejercer una maternidad universal respecto a cuantos son engendrados por Dios mediante la fe en Cristo”. (Benedicto VI)
Esta intimidad que tiene María con Él, nos debe guiar a nosotros también a tenerla.
Le pedimos hoy a la Virgen, que el Espíritu Santo forme en nuestro corazón un nido para que repose siempre. Le pido también que nos ilumine, nos guíe, nos fortifique, nos consuele y nos diga en cada momento qué debemos hacer.
Le pido también al Espíritu Santo que aumente en nosotros especialmente la devoción a la Virgen María.

Que nos haga humildes, teniendo como modelo a la Virgen y recordando sus palabras “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”; que nos ayude a tener más presencia de Dios en la oración diaria.

Santa María, Madre de la Iglesia, ruega por nosotros y enséñanos a preparar la venida del Espíritu Santo en nuestras vidas. A seguir sus inspiraciones con docilidad ayudándonos así a crecer conforme a la Verdad.



MAGNIFICAT
(Lc 1, 46-55)

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: Su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como lo había prometido a nuestros padres- en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.
Gloria al Padre, Gloria al Hijo y Gloria al Espíritu Santo. Amén