El Alma Inmortal

El Alma: Su Importancia

En el Génesis vemos que Dios formó el cuerpo del primer hombre de una materia ya existente y le dio vida infundiéndole un alma ("... insuflando en sus narices aliento vital, quedó constituido el hombre como ser vivo...").
El alma es un espíritu que no tiene sustancia material como el cuerpo: no puede verse ni tocarse. Y junto con el cuerpo, que efectivamente es lo que lo anima, constituye al ser humano.
El Alma nos hace creer, pensar, vivir y amar teniendo una vida propia única para cada hombre creada por Dios a imagen suya.

El catecismo enseña que el alma es un espíritu inmortal que Dios ha creado a su semejanza para estar unida con el cuerpo y es inmortal, es decir, que ha tenido un principio, pero que no tendrá fin.
El cuerpo cae bajo la percepción de nuestros sentidos y se nos revela por sus propias exigencias como comer, beber, dormir, etc., a diferencia de la existencia del alma que no está al alcance de nuestros sentidos ya que es inmaterial y no tiene cantidad ni extensión.

El alma se manifiesta mediante la razón, el amor, la reflexión, la comprensión, etc. lo mismo que por medio de la Sagrada Escritura.

El alma es una substancia espiritual y posee facultades propias de ella como ser:
•       La razón que le permite percibir y expresar las ideas abstractas relativas a los seres inmateriales
como la idea de Dios, la idea del bien y del mal, la ¡dea de la justicia, etc.
•        La voluntad con la que el hombre puede elegir, entre las acciones posibles, aquellas que le parezcan más de acuerdo con un ideal determinado o con la ley moral tal como la concibe o con las condiciones que según su modo de ver determinan la felicidad.

Tener conocimiento de estos fenómenos es gracias a la facultad del alma que llamamos inteligencia.


En la Sagrada Escritura se nos revelan otras características del alma como la inmortalidad a la cual el alma está destinada si es fiel a la gracia.
La ciencia y la filosofía han demostrado que el alma no es ninguna función del cerebro pues siendo espiritual no se puede localizar de ninguna manera. Además la materia es impotente para engendrarla ya que no es una función del cuerpo.

Es en el cristianismo cuando, después de muchos siglos de forcejeo, se aplicó la crítica a las diferentes psicologías de la antigüedad, y de entre los elementos esparcidos se enfocó la verdad. La tendencia de la enseñanza de Cristo era centrar todo el interés en el lado espiritual de la naturaleza de hombre; la salvación o pérdida del alma son el gran problema de la existencia.

Alma y Espíritu

 
Las dos palabras 'alma' y 'espíritu' son utilizadas intercambiablemente. La muerte a veces es referida como entregando el alma, Génesis 35:18; I Reyes 17:21, y otras veces como entregando el espíritu, Lucas 23:46; Hechos 7:59. Los muertos en algunos casos son llamados "almas", Revelación. 9:6; 20:4, y en otros 'espíritus', I Pedro 3:19; Hebreos 12:23. Los dos términos denotan el elemento espiritual del hombre desde distintos puntos de vista. Como espíritu es el principio de vida y acción, el cual controla el cuerpo, y como alma es el sujeto personal, el cual piensa y siente y desea, y en algunos casos es el asiento de las afecciones. En algunas ocasiones se refiere al Alma como el resultado de la interacción del espíritu que hemos recibido de Dios y el Ser humano, asi el ser humano que ha recibido el espíritu en su concepción es “alma viviente” pues puede conocer a Dios y conocerse a sí mismo, pero aun esta definición depende del espíritu que Dios nos da. Dice el Catecismo:

“Corpore et anima unus” 362 La persona humana, creada a imagen de Dios, es un ser a la vez corporal y espiritual. El relato bíblico expresa esta realidad con un lenguaje simbólico cuando afirma que "Dios formó al hombre con polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de vida y resultó el hombre un ser viviente" (Gn 2,7). Por tanto, el hombre en su totalidad es querido por Dios. 363 A menudo, el término alma designa en la Sagrada Escritura la vida humana (cf. Mt 16,25-26; Jn 15,13) o toda la persona humana (cf. Hch 2,41). Pero designa también lo que hay de más íntimo en el hombre (cf. Mt 26,38; Jn 12,27) y de más valor en él (cf. Mt 10,28; 2 M 6,30), aquello por lo que es particularmente imagen de Dios: "alma" significa el principio espiritual en el hombre. 364 El cuerpo del hombre participa de la dignidad de la "imagen de Dios": es cuerpo humano precisamente porque está animado por el alma espiritual, y es toda la persona humana la que está destinada a ser, en el Cuerpo de Cristo, el Templo del Espíritu (cf. 1 Co 6,19-20; 15,44-45): Uno en cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal, reúne en sí los elementos del mundo material, de tal modo que, por medio de él, éstos alcanzan su cima y elevan la voz para la libre alabanza del Creador. Por consiguiente, no es lícito al hombre despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, tiene que considerar su cuerpo bueno y digno de honra, ya que ha sido creado por Dios y que ha de resucitar en el último día (GS 14,1). 365 La unidad del alma y del cuerpo es tan profunda que se debe considerar al alma como la "forma" del cuerpo (cf. Cc. de Vienne, año 1312, DS 902); es decir, gracias al alma espiritual, la materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente; en el hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino que su unión constituye una única naturaleza. 366 La Iglesia enseña que cada alma espiritual es directamente creada por Dios (cf. Pío XII, Enc. Humani generis, 1950: DS 3896; Pablo VI, SPF 8) -no es "producida" por los padres -, y que es inmortal (cf. Cc. de Letrán V, año 1513: DS 1440): no perece cuando se separa del cuerpo en la muerte, y se unirá de nuevo al cuerpo en la resurrección final. 367 A veces se acostumbra a distinguir entre alma y espíritu. Así S. Pablo ruega para que nuestro "ser entero, el espíritu, el alma y el cuerpo" sea conservado sin mancha hasta la venida del Señor (1 Ts 5,23). La Iglesia enseña que esta distinción no introduce una dualidad en el alma (Cc. de Constantinopla IV, año 870: DS 657). "Espíritu" significa que el hombre está ordenado desde su creación a su fin sobrenatural (Cc. Vaticano I: DS 3005; cf. GS 22,5), y que su alma es capaz de ser elevada gratuitamente a la comunión con Dios (cf. Pío XII, Humani generis, año 1950: DS 3891). 368 La tradición espiritual de la Iglesia también presenta el corazón en su sentido bíblico de "lo más profundo del ser" (Jr 31,33), donde la persona se decide o no por Dios (cf. Dt 6,5; 29,3;Is 29,13; Ez 36,26; Mt 6,21; Lc 8,15; Rm 5,5)
 
Catequésis de Juan Pablo II (16 Abril 1986): El Alma

El hombre, imagen de Dios, es un ser espiritual y corporal
1. El hombre creado a imagen de Dios es un ser al mismo tiempo corporal y espiritual, es decir, un ser que, desde un punto de vista, está vinculado al mundo exterior y, desde otro, lo transciende. En cuanto espíritu, además de cuerpo es persona. Esta verdad sobre el hombre es objeto de nuestra fe, como lo es la verdad bíblica sobre la constitución a "imagen y semejanza" de Dios; y es una verdad que presenta constantemente a lo largo de los siglos el Magisterio de la Iglesia.

La verdad sobre el hombre no cesa de ser en la historia objeto de análisis intelectual, no sólo en el ámbito de la filosofía, sino también en el de las muchas ciencias humanas: en una palabra, objeto de la antropología.

2. Que el hombre sea espíritu encarnado, si se quiere, cuerpo informado por un espíritu inmortal, se deduce ya, de algún modo, de la descripción de la creación contenida en el libro del Génesis y en particular de la narración "jahvista", que emplea, por así decir, una "escenografía" e imágenes antropomórficas. Leemos que "modeló Yahvé Dios al hombre de la arcilla y le inspiró en el rostro aliento de vida, y fue así el hombre ser animado" (Gen 2, 7). La continuación del texto bíblico nos permite comprender claramente que el hombre, creado de esta forma, se distingue de todo el mundo visible, y en particular del mundo de los animales. El "aliento de vida" hizo al hombre capaz de conocer estos seres, imponerles el nombre y reconocerse distinto de ellos (Cfr. Gen 2, 18-20). Si bien en la descripción "jahvista" no se habla del "alma", sin embargo es fácil deducir de allí que la vida dada al hombre en el momento de la creación es de tal naturaleza que transciende la simple dimensión corporal (la propia de los animales). Ella toca, más allá de la materialidad, la dimensión del espíritu, en la cual está el fundamento esencial de esa "imagen de Dios", que Génesis 1, 27, ve en el hombre.

3. El hombre es una unidad: es alguien que es uno consigo mismo. Pero en esta unidad está contenida una dualidad. La Sagrada Escritura presenta tanto la unidad (la persona) como la dualidad (el alma y cuerpo). Piénsese en el libro del Sirácida, que dice por ejemplo: "El Señor formó al hombre de la tierra. Y de nuevo le hará volver a ella", y más adelante: "Le dio capacidad de elección, lengua, ojos, oídos y corazón para entender. Llenóle de ciencia e inteligencia y le dio a conocer el bien y el mal" (17, 1-2, 5-6).
Particularmente significativo es, desde este punto de vista, el Salmo 8, que exalta la obra maestra humana, dirigiéndose a Dios con las siguientes palabras: "¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies" (vv. 5-7).

4. Se subraya a menudo que la tradición bíblica pone de relieve sobre todo la unidad personal del hombre, sirviéndose del término "cuerpo" para designar al hombre entero (Cfr., por ejemplo, Sal 144/145, 21; Jl 3; Is 66, 23; Jn 1, 14). La observación es exacta. Pero esto no quita que en la tradición bíblica esté también presente, a veces de modo muy claro, la dualidad del hombre. Esta tradición se refleja en las palabras de Cristo: "No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, y el alma no pueden matarla; temed más bien a aquel que puede perder el alma y el cuerpo en la gehena" (Mt 10, 28).

5. Las fuentes bíblicas autorizan a ver el hombre como unidad personal y al mismo tiempo como dualidad de alma y cuerpo: concepto que ha hallado expresión en toda la Tradición y en la enseñanza de la Iglesia. Esta enseñanza ha hecho suyas no sólo las fuentes bíblicas, sino también las interpretaciones teológicas que se han dado de ellas desarrollando los análisisrealizados por ciertas escuelas (Aristóteles) de la filosofía griega. Ha sido un lento trabajo de reflexión, que ha culminado principalmente —bajo la influencia de Santo Tomás de Aquino— en las afirmaciones del Concilio de Viena (1312), donde se llama al alma "forma" del cuerpo: "forma corporis humani per se et essentialiter". La "forma", como factor que determina la sustancia de ser "hombre", es de naturaleza espiritual. Y dicha "forma" espiritual, el alma, es inmortal. Es lo que recordó más tarde el Concilio Lateranense V (1513): el alma es inmortal, diversamente del cuerpo que está sometido a la muerte (cf. DS1440). La escuela tomista subraya al mismo tiempo que, en virtud de la unión substancial del cuerpo y del alma, esta última, incluso después de la muerte, no cesa de "aspirar" a unirse al cuerpo. Lo que haya confirmación en la verdad revelada sobre la resurrección del cuerpo.

6. Si bien la terminología filosófica utilizada para expresar la unidad y la complejidad (dualidad) del hombre, es a veces objeto de crítica, queda fuera de duda que la doctrina sobre la unidad de la persona humana y al mismo tiempo sobre la dualidad espiritual-corporal del hombre está plenamente arraigada en la Sagrada Escritura y en la Tradición. A pesar de que se manifieste a menudo la convicción de que el hombre es "imagen de Dios" gracias al alma, no está ausente en la doctrina tradicional la convicción de que también el cuerpo participa a su modo, de la dignidad de la "imagen de Dios", lo mismo que participa de la dignidad de la persona.

7. En los tiempos modernos la teoría de la evolución ha levantado una dificultad particular contra la doctrina revelada sobre la creación del hombre como ser compuesto de alma y cuerpo. Muchos especialistas en ciencias naturales que, con sus métodos propios, estudian el problema del comienzo de la vida humana en la tierra, sostienen —contra otros colegas suyos— la existencia no sólo de un vínculo del hombre con la misma naturaleza, sino incluso su derivación de especies animales superiores. Este problema, que ha ocupado a los científicos desde el siglo pasado, afecta a varios estratos de la opinión pública.

La respuesta del Magisterio se ofreció en la Encíclica, "Humani generis" de Pío XII en el año 1950. Leemos en ella: "El Magisterio de la Iglesia no prohíbe que se trate en las investigaciones y disputas de los entendidos en uno y otro campo, la doctrina del "evolucionismo", en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva y pre-existente, pues las almas nos manda la fe católica sostener que son creadas inmediatamente por Dios..." (DS 3896).

Por tanto se puede decir que, desde el punto de vista de la doctrina de la fe, no se ve dificultad en explicar el origen del hombre, en cuanto al cuerpo, mediante la hipótesis del evolucionismo. Sin embargo, hay que añadir que la hipótesis propone sólo una probabilidad, no una certeza científica. La doctrina de la fe, en cambio, afirma invariablemente que el alma espiritual del hombre ha sido creada directamente por Dios. Es decir, según la hipótesis a la que hemos aludido, es posible que el cuerpo humano, siguiendo el orden impreso por el Creador en las energías de la vida, haya sido gradualmente preparado en las formas de seres vivientes anteriores. Pero el alma humana, de la que depende en definitiva la humanidad del hombre, por ser espiritual, no puede serlo de la materia.

8. Una hermosa síntesis de la creación arriba expuesta se halla en el Concilio Vaticano II: "En la unidad de cuerpo y alma —se dice allí—, el hombre, por su misma condición corporal, es una síntesis del universo material, el cual alcanza por medio del hombre su más alta cima" (Gaudium et spes 14). Y más adelante añade: "No se equivoca el hombre al afirmar su superioridad sobre el universo material y al considerarse no ya como una partícula de la naturaleza... Por su interioridad es, en efecto, superior al universo entero" (Ib.). He aquí, pues, cómo se puede expresar con un lenguaje más cercano a la mentalidad contemporánea, la misma verdad sobre la unidad y dualidad (la complejidad) de la naturaleza humana.