Madre de Dios y Madre Nuestra
Escrito de San José Maria Escrivá de Balaguer
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Todas las fiestas de Nuestra Señora son
grandes, porque constituyen ocasiones que la Iglesia nos brinda para demostrar
con hechos nuestro amor a Santa María. Pero si tuviera que escoger una, entre
esas festividades, prefiero la de la Maternidad divina de la Santísima Virgen.
Esta celebración nos lleva a considerar
algunos de los misterios centrales de nuestra fe: a meditar en la Encarnación
del Verbo, obra de las tres Personas de la Trinidad Santísima. María, Hija de
Dios Padre, por la Encarnación del Señor en sus entrañas inmaculadas es Esposa
de Dios Espíritu Santo y Madre de Dios Hijo.
Fe del pueblo cristiano
Esa ha sido siempre la fe segura. Contra
los que la negaron, el Concilio de Efeso proclamó que si alguno no confiesa que
el Emmanuel es verdaderamente Dios, y que por eso la Santísima Virgen es Madre
de Dios, puesto que engendró según la carne al Verbo de Dios encarnado, sea
anatema.
La historia nos ha conservado
testimonios de la alegría de los cristianos ante estas decisiones claras,
netas, que reafirmaban lo que todos creían: el pueblo entero de la ciudad de
Efeso, desde las primeras horas de la mañana hasta la noche, permaneció ansioso
en espera de la resolución... Cuando se supo que el autor de las blasfemias
había sido depuesto, todos a una voz comenzaron a glorificar a Dios y a aclamar
al Sínodo, porque había caído el enemigo de la fe. Apenas salidos de la
iglesia, fuimos acompañados con antorchas a nuestras casas. Era de noche: toda
la ciudad estaba alegre e iluminada. Así escribe San Cirilo, y no puedo negar
que, aun a distancia de dieciséis siglos, aquella reacción de piedad me
impresiona hondamente.
Quiera Dios Nuestro Señor que esta misma
fe arda en nuestros corazones, y que se alce de nuestros labios un canto de
acción de gracias: porque la Trinidad Santísima, al haber elegido a María como
Madre de Cristo, Hombre como nosotros, nos ha puesto a cada uno bajo su manto
maternal. Es Madre de Dios y Madre nuestra.
La Maternidad divina de María es la raíz
de todas las perfecciones y privilegios que la adornan. Por ese título, fue
concebida inmaculada y está llena de gracia, es siempre virgen, subió en cuerpo
y alma a los cielos, ha sido coronada como Reina de la creación entera, por
encima de los ángeles y de los santos. Más que Ella, sólo Dios. La Santísima
Virgen, por ser Madre de Dios, posee una dignidad en cierto modo infinita, del
bien infinito que es Dios. No hay peligro de exagerar. Nunca profundizaremos
bastante en este misterio inefable; nunca podremos agradecer suficientemente a
Nuestra Madre esta familiaridad que nos ha dado con la Trinidad Beatísima.
Eramos pecadores y enemigos de Dios. La
Redención no sólo nos libra del pecado y nos reconcilia con el Señor: nos
convierte en hijos, nos entrega una Madre, la misma que engendró al Verbo,
según la Humanidad. ¿Cabe más derroche, más exceso de amor? Dios ansiaba
redimirnos, disponía de muchos modos para ejecutar su Voluntad Santísima, según
su infinita sabiduría. Escogió uno, que disipa todas las posibles dudas sobre
nuestra salvación y glorificación. Como el primer Adán no nació de hombre y de
mujer, sino que fue plasmado en la tierra, así también el último Adán, que
había de curar la herida del primero, tomó un cuerpo plasmado en el seno de
Virgen, para ser, en cuanto a la carne, igual a la carne de los que pecaron.
Madre del Amor Hermoso
Ego quasi vitis fructificavi...: como
vid eché hermosos sarmientos y mis flores dieron sabrosos y ricos frutos. Así
hemos leído en la Epístola. Que esa suavidad de olor que es la devoción a la
Madre nuestra, abunde en nuestra alma y en el alma de todos los cristianos, y
nos lleve a la confianza más completa en quien vela siempre por nosotros.
Yo soy la Madre del amor hermoso, del
temor, de la ciencia y de la santa esperanza. Lecciones que nos recuerda hoy
Santa María. Lección de amor hermoso, de vida limpia, de un corazón sensible y
apasionado, para que aprendamos a ser fieles al servicio de la Iglesia. No es
un amor cualquiera éste: es el Amor. Aquí no se dan traiciones, ni cálculos, ni
olvidos. Un amor hermoso, porque tiene como principio y como fin el Dios tres
veces Santo, que es toda la Hermosura y toda la Bondad y toda la Grandeza.
Pero se habla también de temor. No me
imagino más temor que el de apartarse del Amor. Porque Dios Nuestro Señor no
nos quiere apocados, timoratos, o con una entrega anodina. Nos necesita
audaces, valientes, delicados. El temor que nos recuerda el texto sagrado nos
trae a la cabeza aquella otra queja de la Escritura: busqué al amado de mi
alma; lo busqué y no lo hallé.
Esto puede ocurrir, si el hombre no ha
comprendido hasta el fondo lo que significa amar a Dios. Sucede entonces que el
corazón se deja arrastrar por cosas que no conducen al Señor. Y, como
consecuencia, lo perdemos de vista. Otras veces quizá es el Señor el que se
esconde: El sabe por qué. Nos anima entonces a buscarle con más ardor y, cuando
lo descubrimos, exclamamos gozosos: le así y ya no lo soltaré.
El Evangelio de la Santa Misa nos ha
recordado aquella escena conmovedora de Jesús, que se queda en Jerusalén
enseñando en el templo. María y José anduvieron la jornada entera, preguntando
a los parientes y conocidos. Pero, como no lo hallasen, volvieron a Jerusalén
en su busca. La Madre de Dios, que buscó afanosamente a su hijo, perdido sin
culpa de Ella, que experimentó la mayor alegría al encontrarle, nos ayudará a
desandar lo andado, a rectificar lo que sea preciso cuando por nuestras
ligerezas o pecados no acertemos a distinguir a Cristo. Alcanzaremos así la
alegría de abrazarnos de nuevo a El, para decirle que no lo perderemos más.
Madre de la ciencia es María, porque con
Ella se aprende la lección que más importa: que nada vale la pena, si no
estamos junto al Señor; que de nada sirven todas las maravillas de la tierra,
todas las ambiciones colmadas, si en nuestro pecho no arde la llama de amor vivo,
la luz de la santa esperanza que es un anticipo del amor interminable en
nuestra definitiva Patria.
En mí se encuentra toda gracia de
doctrina y de verdad, toda esperanza de vida y de virtud. ¡Con cuánta sabiduría
la Iglesia ha puesto esas palabras en boca de nuestra Madre, para que los
cristianos no las olvidemos! Ella es la seguridad, el Amor que nunca abandona,
el refugio constantemente abierto, la mano que acaricia y consuela siempre.
Un antiguo Padre de la Iglesia escribe
que hemos de procurar conservar en nuestra mente y en nuestra memoria un
ordenado resumen de la vida de la Madre de Dios. Habréis ojeado en tantas
ocasiones esos prontuarios, de medicina, de matemáticas o de otras materias.
Allí se enumeran, para cuando se requieren con urgencia, los remedios
inmediatos, las medidas que se deben adoptar con el fin de no descaminarse en
esas ciencias.
Meditemos frecuentemente todo lo que
hemos oído de Nuestra Madre, en una oración sosegada y tranquila. Y, como poso,
se irá grabando en nuestra alma ese compendio, para acudir sin vacilar a Ella,
especialmente cuando no tengamos otro asidero. ¿No es esto interés personal,
por nuestra parte? Ciertamente lo es. Pero ¿acaso las madres ignoran que los
hijos somos de ordinario un poco interesados, y que a menudo nos dirigimos a
ellas como al último remedio? Están convencidas y no les importa: por eso son
madres, y su amor desinteresado percibe —en nuestro aparente egoísmo— nuestro
afecto filial y nuestra confianza segura.
No pretendo —ni para mí, ni para
vosotros— que nuestra devoción a Santa María se limite a estas llamadas
apremiantes. Pienso —sin embargo— que no debe humillarnos, si nos ocurre eso en
algún momento. Las madres no contabilizan los detalles de cariño que sus hijos
les demuestran; no pesan ni miden con criterios mezquinos. Una pequeña muestra
de amor la saborean como miel, y se vuelcan concediendo mucho más de lo que
reciben. Si así reaccionan las madres buenas de la tierra, imaginaos lo que
podremos esperar de Nuestra Madre Santa María.
Madre de la Iglesia
Me gusta volver con la imaginación a
aquellos años en los que Jesús permaneció junto a su Madre, que abarcan casi
toda la vida de Nuestro Señor en este mundo. Verle pequeño, cuando María lo
cuida y lo besa y lo entretiene. Verle crecer, ante los ojos enamorados de su
Madre y de José, su padre en la tierra. Con cuánta ternura y con cuánta
delicadeza María y el Santo Patriarca se preocuparían de Jesús durante su
infancia y, en silencio, aprenderían mucho y constantemente de El. Sus almas se
irían haciendo al alma de aquel Hijo, Hombre y Dios. Por eso la Madre —y,
después de Ella, José— conoce como nadie los sentimientos del Corazón de
Cristo, y los dos son el camino mejor, afirmaría que el único, para llegar al
Salvador.
Que en cada uno de vosotros, escribía San
Ambrosio, esté el alma de María, para alabar al Señor; que en cada uno esté el
espíritu de María, para gozarse en Dios. Y este Padre de la iglesia añade unas
consideraciones que a primera vista resultan atrevidas, pero que tienen un
sentido espiritual claro para la vida del cristiano. Según la carne, una sola
es la Madre de Cristo; según la fe, Cristo es fruto de todos nosotros.
Si nos identificamos con María, si
imitamos sus virtudes, podremos lograr que Cristo nazca, por la gracia, en el
alma de muchos que se identificarán con El por la acción del Espíritu Santo. Si
imitamos a María, de alguna manera participaremos en su maternidad espiritual.
En silencio, como Nuestra Señora; sin que se note, casi sin palabras, con el
testimonio íntegro y coherente de una conducta cristiana, con la generosidad de
repetir sin cesar un fiat que se renueva como algo íntimo entre nosotros y
Dios.
Su mucho amor a Nuestra Señora y su
falta de cultura teológica llevó, a un buen cristiano, a hacerme conocer cierta
anécdota que voy a narraros, porque —con toda su ingenuidad— es lógica en
persona de pocas letras.
Tómelo —me decía— como un desahogo:
comprenda mi tristeza ante algunas cosas que suceden en estos tiempos. Durante
la preparación y el desarrollo del actual Concilio, se ha propuesto incluir el
tema de la Virgen. Así: el tema. ¿Hablan de ese modo los hijos? ¿Es ésa la fe
que han profesado siempre los fieles? ¿Desde cuándo el amor a la Virgen es un
tema, sobre el que se admita entablar una disputa a propósito de su
conveniencia?
Si algo está reñido con el amor, es la
cicatería. No me importa ser muy claro; si no lo fuera —continuaba— me
parecería una ofensa a Nuestra Madre Santa. Se ha discutido si era o no
oportuno llamar a María Madre de la Iglesia. Me molesta descender a más
detalles. Pero la Madre de Dios y, por eso, Madre de todos los cristianos, ¿no
será Madre de la Iglesia, que es la reunión de los que han sido bautizados y
han renacido en Cristo, hijo de María?
No me explico —seguía— de dónde nace la
mezquindad de escatimar ese título en alabanza de Nuestra Señora. ¡Qué
diferente es la fe de la Iglesia! El tema de la Virgen. ¿Pretenden los hijos
plantear el tema del amor a su madre? La quieren y basta. La querrán mucho, si
son buenos hijos. Del tema —o del esquema— hablan los extraños, los que
estudian el caso con la frialdad del enunciado de un problema. Hasta aquí el
desahogo recto y piadoso, pero injusto, de aquella alma simple y devotísima.
Sigamos nosotros ahora considerando este
misterio de la Maternidad divina de María, en una oración callada, afirmando
desde el fondo del alma: Virgen, Madre de Dios: Aquel a quien los Cielos no
pueden contener, se ha encerrado en tu seno para tomar la carne de hombre.
Mirad lo que nos hace recitar hoy la
liturgia: bienaventuradas sean las entrañas de la Virgen María, que acogieron
al Hijo del Padre eterno. Una exclamación vieja y nueva, humana y divina. Es
decir al Señor, como se usa en algunos sitios para ensalzar a una persona:
¡bendita sea la madre que te trajo al mundo!
Maestra de fe, de esperanza y de caridad
María cooperó con su caridad para que
nacieran en la Iglesia los fieles, miembros de aquella Cabeza de la que es
efectivamente madre según el cuerpo. Como Madre, enseña; y, también como Madre,
sus lecciones no son ruidosas. Es preciso tener en el alma una base de finura,
un toque de delicadeza, para comprender lo que nos manifiesta, más que con
promesas, con obras.
Maestra de fe. ¡Bienaventurada tú, que
has creído!, así la saluda Isabel, su prima, cuando Nuestra Señora sube a la
montaña para visitarla. Había sido maravilloso aquel acto de fe de Santa María:
he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. En el Nacimiento
de su Hijo contempla las grandezas de Dios en la tierra: hay un coro de
ángeles, y tanto los pastores como los poderosos de la tierra vienen a adorar
al Niño. Pero después la Sagrada Familia ha de huir a Egipto, para escapar de
los intentos criminales de Herodes. Luego, el silencio: treinta largos años de
vida sencilla, ordinaria, como la de un hogar más de un pequeño pueblo de
Galilea.
El Santo Evangelio, brevemente, nos
facilita el camino para entender el ejemplo de Nuestra Madre: María conservaba
todas estas cosas dentro de sí, ponderándolas en su corazón. Procuremos
nosotros imitarla, tratando con el Señor, en un diálogo enamorado, de todo lo
que nos pasa, hasta de los acontecimientos más menudos. No olvidemos que hemos
de pesarlos, valorarlos, verlos con ojos de fe, para descubrir la Voluntad de
Dios.
Si nuestra fe es débil, acudamos a
María. Cuenta San Juan que por el milagro de las bodas de Caná, que Cristo
realizó a ruegos de su Madre, creyeron en El sus discípulos. Nuestra Madre
intercede siempre ante su Hijo para que nos atienda y se nos muestre, de tal
modo, que podamos confesar: Tú eres el Hijo de Dios.
Maestra de esperanza. María proclama que
la llamarán bienaventurada todas las generaciones. Humanamente hablando, ¿en
qué motivos se apoyaba esa esperanza? ¿Quién era Ella, para los hombres y
mujeres de entonces? Las grandes heroínas del Viejo Testamento —Judit, Ester,
Débora— consiguieron ya en la tierra una gloria humana, fueron aclamadas por el
pueblo, ensalzadas. El trono de María, como el de su Hijo, es la Cruz. Y
durante el resto de su existencia, hasta que subió en cuerpo y alma a los
Cielos, es su callada presencia lo que nos impresiona. San Lucas, que la
conocía bien, anota que está junto a los primeros discípulos, en oración. Así
termina sus días terrenos, la que habría de ser alabada por las criaturas hasta
la eternidad.
¡Cómo contrasta la esperanza de Nuestra
Señora con nuestra impaciencia! Con frecuencia reclamamos a Dios que nos pague
enseguida el poco bien que hemos efectuado. Apenas aflora la primera
dificultad, nos quejamos. Somos, muchas veces, incapaces de sostener el
esfuerzo, de mantener la esperanza. Porque nos falta fe: ¡bienaventurada tú,
que has creído! Porque se cumplirán las cosas que se te han declarado de parte
del Señor.
Maestra de caridad. Recordad aquella
escena de la presentación de Jesús en el templo. El anciano Simeón aseguró a
María, su Madre: mira, este niño está destinado para ruina y para resurrección
de muchos en Israel y para ser el blanco de la contradicción; lo que será para
ti misma una espada que traspasará tu alma, a fin de que sean descubiertos los
pensamientos ocultos en los corazones de muchos. La inmensa caridad de María
por la humanidad hace que se cumpla, también en Ella, la afirmación de Cristo:
nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos.
Con razón los Romanos Pontífices han
llamado a María Corredentora: de tal modo, juntamente con su Hijo paciente y
muriente, padeció y casi murió; y de tal modo, por la salvación de los hombres,
abdicó de los derechos maternos sobre su Hijo, y le inmoló, en cuanto de Ella
dependía, para aplacar la justicia de Dios, que puede con razón decirse que
Ella redimió al género humano juntamente con Cristo. Así entendemos mejor aquel
momento de la Pasión de Nuestro Señor, que nunca nos cansaremos de meditar:
stabat autem iuxta crucem Iesu mater eius, estaba junto a la cruz de Jesús su
Madre.
Habréis observado cómo algunas madres,
movidas de un legítimo orgullo, se apresuran a ponerse al lado de sus hijos
cuando éstos triunfan, cuando reciben un público reconocimiento. Otras, en
cambio, incluso en esos momentos permanecen en segundo plano, amando en
silencio. María era así, y Jesús lo sabía.
Ahora, en cambio, en el escándalo del
Sacrificio de la Cruz, Santa María estaba presente, oyendo con tristeza a los
que pasaban por allí, y blasfemaban meneando la cabeza y gritando: ¡Tú, que
derribas el templo de Dios, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo!; si
eres el hijo de Dios, desciende de la Cruz. Nuestra Señora escuchaba las
palabras de su Hijo, uniéndose a su dolor: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
desamparado?. ¿Qué podía hacer Ella? Fundirse con el amor redentor de su Hijo,
ofrecer al Padre el dolor inmenso —como una espada afilada— que traspasaba su
Corazón puro.
De nuevo Jesús se siente confortado, con
esa presencia discreta y amorosa de su Madre. No grita María, no corre de un
lado a otro. Stabat: está en pie, junto al Hijo. Es entonces cuando Jesús la
mira, dirigiendo después la vista a Juan. Y exclama: Mujer, ahí tienes a tu
hijo. Después dice al discípulo: ahí tienes a tu Madre. En Juan, Cristo confía
a su Madre todos los hombres y especialmente sus discípulos: los que habían de
creer en El.
Feliz culpa, canta la Iglesia, feliz
culpa, porque ha alcanzado tener tal y tan grande Redentor. Feliz culpa,
podemos añadir también, que nos ha merecido recibir por Madre a Santa María. Ya
estamos seguros, ya nada debe preocuparnos: porque Nuestra Señora, coronada
Reina de cielos y tierra, es la omnipotencia suplicante delante de Dios. Jesús
no puede negar nada a María, ni tampoco a nosotros, hijos de su misma Madre.
Madre nuestra
Los hijos, especialmente cuando son aún
pequeños, tienden a preguntarse qué han de realizar por ellos sus padres,
olvidando en cambio las obligaciones de piedad filial. Somos los hijos, de
ordinario, muy interesados, aunque esa conducta —ya lo hemos hecho notar—, no
parece importar mucho a las madres, porque tienen suficiente amor en sus
corazones y quieren con el mejor cariño: el que se da sin esperar
correspondencia.
Así ocurre también con Santa María. Pero
hoy, en la fiesta de su Maternidad divina, hemos de esforzarnos en una
observación más detenida. Han de dolernos, si las encontramos, nuestras faltas
de delicadeza con esta Madre buena. Os pregunto —y me pregunto yo—, ¿cómo la
honramos?
Volvemos de nuevo a la experiencia de
cada día, al trato con nuestra madres en la tierra. Por encima de todo, ¿qué
desean, de sus hijos, que son carne de su carne y sangre de su sangre? Su mayor
ilusión es tenerlos cerca. Cuando los hijos crecen y no es posible que
continúen a su lado, aguardan con impaciencia sus noticias, les emociona todo
lo que les ocurre: desde una ligera enfermedad hasta los sucesos más
importantes.
Mirad: para nuestra Madre Santa María
jamás dejamos de ser pequeños, porque Ella nos abre el camino hacia el Reino de
los Cielos, que será dado a los que se hacen niños. De Nuestra Señora no
debemos apartarnos nunca. ¿Cómo la honraremos? Tratándola, hablándole,
manifestándole nuestro cariño, ponderando en nuestro corazón las escenas de su
vida en la tierra, contándole nuestras luchas, nuestros éxitos y nuestro
fracasos.
Descubrimos así —como si las recitáramos
por vez primera— el sentido de las oraciones marianas, que se han rezado
siempre en la Iglesia. ¿Qué son el Ave Maria y el Angelus sino alabanzas
encendidas a la Maternidad divina? Y en el Santo Rosario —esa maravillosa
devoción, que nunca me cansaré de aconsejar a todos los cristianos— pasan por
nuestra cabeza y por nuestro corazón los misterios de la conducta admirable de
María, que son los mismos misterios fundamentales de la fe.
El año litúrgico aparece jalonado de
fiestas en honor a Santa María. El fundamento de este culto es la Maternidad
divina de Nuestra Señora, origen de la plenitud de dones de naturaleza y de
gracia con que la Trinidad Beatísima la ha adornado. Demostraría escasa
formación cristiana —y muy poco amor de hijo— quien temiese que el culto a la
Santísima Virgen pudiera disminuir la adoración que se debe a Dios. Nuestra
Madre, modelo de humildad, cantó: me llamarán bienaventurada todas las
generaciones, porque ha hecho en mí cosas grandes aquel que es Todopoderoso,
cuyo nombre es santo, y cuya misericordia se derrama de generación en
generación para los que le temen.
En las fiestas de Nuestra Señora no
escatimemos las muestras de cariño; levantemos con más frecuencia el corazón
pidiéndole lo que necesitemos, agradeciéndole su solicitud maternal y
constante, encomendándole las personas que estimamos. Pero, si pretendemos
comportarnos como hijos, todos los días serán ocasión propicia de amor a María,
como lo son todos los días para los que se quieren de verdad.
Quizá ahora alguno de vosotros puede
pensar que la jornada ordinaria, el habitual ir y venir de nuestra vida, no se
presta mucho a mantener el corazón en una criatura tan pura como Nuestra
Señora. Yo os invitaría a reflexionar un poco. ¿Qué buscamos siempre, aun sin especial
atención, en todo lo que hacemos? Cuando nos mueve el amor de Dios y trabajamos
con rectitud de intención, buscamos lo bueno, lo limpio, lo que trae paz a la
conciencia y felicidad al alma. ¿Que no nos faltan las equivocaciones? Sí; pero
precisamente, reconocer esos errores, es descubrir con mayor claridad que
nuestra meta es ésa: una felicidad no pasajera, sino honda, serena, humana y
sobrenatural.
Una criatura existe que logró en esta
tierra esa felicidad, porque es la obra maestra de Dios: Nuestra Madre
Santísima, María. Ella vive y nos protege; está junto al Padre y al Hijo y al
Espíritu Santo, en cuerpo y alma. Es la misma que nació en Palestina, que se
entregó al Señor desde niña, que recibió el anuncio del Arcángel Gabriel, que
dio a luz a Nuestro Salvador, que estuvo junto a El al pie de la Cruz.
En Ella adquieren realidad todos los
ideales; pero no debemos concluir que su sublimidad y grandeza nos la presentan
inaccesible y distante. Es la llena de gracia, la suma de todas las
perfecciones: y es Madre. Con su poder delante de Dios, nos alcanzará lo que le
pedimos; como Madre quiere concedérnoslo. Y también como Madre entiende y
comprende nuestras flaquezas, alienta, excusa, facilita el camino, tiene
siempre preparado el remedio, aun cuando parezca que ya nada es posible.
¡Cuánto crecerían en nosotros las
virtudes sobrenaturales, si lográsemos tratar de verdad a María, que es Madre
Nuestra! Que no nos importe repetirle durante el día —con el corazón, sin
necesidad de palabras— pequeñas oraciones, jaculatorias. La devoción cristiana
ha reunido muchos de esos elogios encendidos en las Letanías que acompañan al
Santo Rosario. Pero cada uno es libre de aumentarlas, dirigiéndole nuevas
alabanzas, diciéndole lo que —por un santo pudor que Ella entiende y aprueba—
no nos atreveríamos a pronunciar en voz alta.
Te aconsejo —para terminar— que hagas,
si no lo has hecho todavía, tu experiencia particular del amor materno de
María. No basta saber que Ella es Madre, considerarla de este modo, hablar así
de Ella. Es tu Madre y tú eres su hijo; te quiere como si fueras el hijo único
suyo en este mundo. Trátala en consecuencia: cuéntale todo lo que te pasa,
hónrala, quiérela. Nadie lo hará por ti, tan bien como tú, si tú no lo haces.
Te aseguro que, si emprendes este
camino, encontrarás enseguida todo el amor de Cristo: y te verás metido en esa
vida inefable de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Sacarás fuerzas
para cumplir acabadamente la Voluntad de Dios, te llenarás de deseos de servir
a todos los hombres. Serás el cristiano que a veces sueñas ser: lleno de obras
de caridad y de justicia, alegre y fuerte, comprensivo con los demás y exigente
contigo mismo.
Ese, y no otro, es el temple de nuestra
fe. Acudamos a Santa María, que Ella nos acompañará con un andar firme y
constante.