EL SACRAMENTO DE LA
EUCARISTÍA
La Sagrada Eucaristía culmina la
iniciación cristiana. Los que han sido elevados a la dignidad del sacerdocio
real por el Bautismo y configurados más profundamente con Cristo por la
Confirmación, participan por medio de la Eucaristía con toda la comunidad en el
sacrificio mismo del Señor.

"Nuestro Salvador, en la última
Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su
cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el
sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial
de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de
amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia
y se nos da una prenda de la gloria futura".
I. La Eucaristía, fuente y culmen de la
vida eclesial
La Eucaristía es "fuente y culmen
de toda la vida cristiana" (LG 11). "Los demás sacramentos, como
también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están
unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto,
contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra
Pascua" (PO 5).
"La comunión de vida divina y la
unidad del Pueblo de Dios, sobre los que la propia Iglesia subsiste, se
significan adecuadamente y se realizan de manera admirable en la Eucaristía. En
ella se encuentra a la vez la cumbre de la acción por la que, en Cristo, Dios
santifica al mundo, y del culto que en el Espíritu Santo los hombres dan a
Cristo y por él al Padre" (Instr. Eucharisticum mysterium, 6).
Finalmente, por la celebración
eucarística nos unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna
cuando Dios será todo en todos (cf 1 Co 15,28).
En resumen, la Eucaristía es el
compendio y la suma de nuestra fe: "Nuestra manera de pensar armoniza con
la Eucaristía, y a su vez la Eucaristía confirma nuestra manera de pensar"
(San Ireneo de Lyon, Adversus haereses 4, 18, 5).
II. El nombre de este sacramento
La riqueza inagotable de este
sacramento se expresa mediante los distintos nombres que se le da. Cada uno de
estos nombres evoca alguno de sus aspectos.
Se le llama:
Banquete del Señor (cf 1 Co 11,20) porque se trata de la Cena que
el Señor celebró con sus discípulos la víspera de su pasión y de la
anticipación del banquete de bodas del Cordero (cf Ap 19,9)
en la Jerusalén celestial.
Fracción del pan porque este rito, propio del banquete judío, fue utilizado por
Jesús cuando bendecía y distribuía el pan como cabeza de familia (cf Mt 14,19;
15,36; Mc 8,6.19), sobre todo en la última Cena (cf Mt 26,26; 1
Co 11,24). En este gesto los discípulos lo reconocerán después de su
resurrección (Lc 24,13-35), y con esta expresión los primeros
cristianos designaron sus asambleas eucarísticas (cf Hch 2,42.46;
20,7.11). Con él se quiere significar que todos los que comen de este único
pan, partido, que es Cristo, entran en comunión con él y forman un solo
cuerpo en él (cf 1 Co 10,16-17).
Asamblea eucarística (synaxis), porque la Eucaristía es celebrada en la
asamblea de los fieles, expresión visible de la Iglesia (cf 1 Co 11,17-34).
Memorial de la pasión y de la
resurrección del Señor.
Santo Sacrificio, porque actualiza el único sacrificio de Cristo Salvador e incluye la
ofrenda de la Iglesia; o también Santo Sacrificio de la Misa, "sacrificio
de alabanza" (Hch 13,15; cfSal 116,
13.17), sacrificio espiritual (cf 1 P 2,5), sacrificio
puro (cf Ml 1,11) y santo, puesto que
completa y supera todos los sacrificios de la Antigua Alianza.
Santa y divina liturgia, porque toda la liturgia de la Iglesia encuentra su centro y su
expresión más densa en la celebración de este sacramento; en el mismo sentido
se la llama también celebración de los santos misterios. Se habla
también del Santísimo Sacramentoporque es el Sacramento de los
Sacramentos. Con este nombre se designan las especies eucarísticas guardadas en
el sagrario.
Comunión, porque por este sacramento nos unimos a Cristo que nos hace
partícipes de su Cuerpo y de su Sangre para formar un solo cuerpo (cf 1
Co 10,16-17); se la llama también las cosas santas [ta
hagia; sancta] (Constitutiones apostolicae 8, 13,
12; Didaché 9,5; 10,6) —es el sentido primero de la
"comunión de los santos" de que habla el Símbolo de los
Apóstoles—, pan de los ángeles, pan del cielo, medicina
de inmortalidad (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Ephsios,
20,2), viático...
Santa Misa porque la liturgia en la que se realiza el misterio de salvación
se termina con el envío de los fieles ("missio") a fin de que
cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana.
III. La Eucaristía en la economía de la
salvación
Los signos del pan y del vino
En el corazón de la celebración de la
Eucaristía se encuentran el pan y el vino que, por las palabras de Cristo y por
la invocación del Espíritu Santo, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de
Cristo. Fiel a la orden del Señor, la Iglesia continúa haciendo, en memoria de
Él, hasta su retorno glorioso, lo que Él hizo la víspera de su pasión:
"Tomó pan...", "tomó el cáliz lleno de vino...". Al
convertirse misteriosamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los signos del
pan y del vino siguen significando también la bondad de la creación. Así, en el
ofertorio, damos gracias al Creador por el pan y el vino (cf Sal 104,13-15),
fruto "del trabajo del hombre", pero antes, "fruto de la
tierra" y "de la vid", dones del Creador. La Iglesia ve en en el
gesto de Melquisedec, rey y sacerdote, que "ofreció pan y vino" (Gn 14,18),
una prefiguración de su propia ofrenda (cf Plegaria Eucaristía I o
Canon Romano, 95; Misal Romano).
En la Antigua Alianza, el pan y el vino
eran ofrecidos como sacrificio entre las primicias de la tierra en señal de
reconocimiento al Creador. Pero reciben también una nueva significación en el
contexto del Éxodo: los panes ácimos que Israel come cada año en la Pascua
conmemoran la salida apresurada y liberadora de Egipto. El recuerdo del maná
del desierto sugerirá siempre a Israel que vive del pan de la Palabra de Dios (Dt 8,3).
Finalmente, el pan de cada día es el fruto de la Tierra prometida, prenda de la
fidelidad de Dios a sus promesas. El "cáliz de bendición" (1 Co 10,16),
al final del banquete pascual de los judíos, añade a la alegría festiva del
vino una dimensión escatológica, la de la espera mesiánica del restablecimiento
de Jerusalén. Jesús instituyó su Eucaristía dando un sentido nuevo y definitivo
a la bendición del pan y del cáliz.
Los milagros de la multiplicación de los
panes, cuando el Señor dijo la bendición, partió y distribuyó los panes por
medio de sus discípulos para alimentar la multitud, prefiguran la
sobreabundancia de este único pan de su Eucaristía (cf. Mt 14,13-21;
15, 32-29). El signo del agua convertida en vino en Caná (cf Jn 2,11)
anuncia ya la Hora de la glorificación de Jesús. Manifiesta el cumplimiento del
banquete de las bodas en el Reino del Padre, donde los fieles beberán el vino
nuevo (cf Mc 14,25) convertido en Sangre de Cristo.
El primer anuncio de la Eucaristía
dividió a los discípulos, igual que el anuncio de la pasión los escandalizó:
"Es duro este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?" (Jn 6,60).
La Eucaristía y la cruz son piedras de escándalo. Es el mismo misterio, y no
cesa de ser ocasión de división. "¿También vosotros queréis
marcharos?" (Jn 6,67): esta pregunta del Señor resuena a
través de las edades, como invitación de su amor a descubrir que sólo Él tiene
"palabras de vida eterna" (Jn 6,68), y que acoger en la
fe el don de su Eucaristía es acogerlo a Él mismo.
La institución de la Eucaristía
El Señor, habiendo amado a los suyos,
los amó hasta el fin. Sabiendo que había llegado la hora de partir de este
mundo para retornar a su Padre, en el transcurso de una cena, les lavó los pies
y les dio el mandamiento del amor (Jn 13,1-17). Para dejarles una
prenda de este amor, para no alejarse nunca de los suyos y hacerles partícipes
de su Pascua, instituyó la Eucaristía como memorial de su muerte y de su
resurrección y ordenó a sus apóstoles celebrarlo hasta su retorno,
"constituyéndoles entonces sacerdotes del Nuevo Testamento" (Concilio
de Trento: DS 1740).
Al celebrar la última Cena con sus
Apóstoles en el transcurso del banquete pascual, Jesús dio su sentido
definitivo a la pascua judía. En efecto, el paso de Jesús a su Padre por su
muerte y su resurrección, la Pascua nueva, es anticipada en la Cena y celebrada
en la Eucaristía que da cumplimiento a la pascua judía y anticipa la pascua
final de la Iglesia en la gloria del Reino.
"Haced esto en memoria mía"
El mandamiento de Jesús de repetir
sus gestos y sus palabras "hasta que venga" (1 Co11,26), no
exige solamente acordarse de Jesús y de lo que hizo. Requiere la celebración
litúrgica por los Apóstoles y sus sucesores del memorial de
Cristo, de su vida, de su muerte, de su resurrección y de su intercesión junto
al Padre.
Desde el comienzo la Iglesia fue fiel a
la orden del Señor. De la Iglesia de Jerusalén se dice:
«Acudían asiduamente a la enseñanza de
los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las
oraciones [...] Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un
mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría
y con sencillez de corazón» (Hch 2,42.46).
Era sobre todo "el primer día de la
semana", es decir, el domingo, el día de la resurrección de Jesús, cuando
los cristianos se reunían para "partir el pan" (Hch 20,7).
Desde entonces hasta nuestros días, la celebración de la Eucaristía se ha
perpetuado, de suerte que hoy la encontramos por todas partes en la Iglesia,
con la misma estructura fundamental. Sigue siendo el centro de la vida de la
Iglesia.
1344 Así, de celebración en
celebración, anunciando el misterio pascual de Jesús "hasta que
venga" (1 Co 11,26), el pueblo de Dios peregrinante
"camina por la senda estrecha de la cruz" (AG 1) hacia el
banquete celestial, donde todos los elegidos se sentarán a la mesa del Reino.
Los frutos de la comunión
La comunión acrecienta nuestra unión con Cristo. Recibir la Eucaristía en la comunión
da como fruto principal la unión íntima con Cristo Jesús. En efecto, el Señor
dice: "Quien come mi Carne y bebe mi Sangre habita en mí y yo en él"
(Jn 6,56). La vida en Cristo encuentra su fundamento en el banquete
eucarístico: "Lo mismo que me ha enviado el Padre, que vive, y yo vivo por
el Padre, también el que me coma vivirá por mí" (Jn 6,57):
«Cuando en las fiestas [del Señor] los
fieles reciben el Cuerpo del Hijo, proclaman unos a otros la Buena Nueva, se
nos han dado las arras de la vida, como cuando el ángel dijo a María [de
Magdala]: "¡Cristo ha resucitado!" He aquí que ahora también la vida
y la resurrección son comunicadas a quien recibe a Cristo» (Fanqîth, Breviarium
iuxta ritum Ecclesiae Antiochenae Syrorum, v. 1).
Lo que el alimento material produce en
nuestra vida corporal, la comunión lo realiza de manera admirable en nuestra
vida espiritual. La comunión con la Carne de Cristo resucitado,
"vivificada por el Espíritu Santo y vivificante" (PO 5),
conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo. Este
crecimiento de la vida cristiana necesita ser alimentado por la comunión
eucarística, pan de nuestra peregrinación, hasta el momento de la muerte,
cuando nos sea dada como viático.
La comunión nos separa del pecado. El Cuerpo de Cristo que recibimos en
la comunión es "entregado por nosotros", y la Sangre que bebemos es
"derramada por muchos para el perdón de los pecados". Por eso la Eucaristía
no puede unirnos a Cristo sin purificarnos al mismo tiempo de los pecados
cometidos y preservarnos de futuros pecados:
«Cada vez que lo recibimos, anunciamos
la muerte del Señor (cf. 1 Co 11,26). Si anunciamos la muerte
del Señor, anunciamos también el perdón de los pecados. Si cada vez que su
Sangre es derramada, lo es para el perdón de los pecados, debo recibirle
siempre, para que siempre me perdone los pecados. Yo que peco siempre, debo tener
siempre un remedio» (San Ambrosio, De sacramentis 4, 28).
Como el alimento corporal sirve para
restaurar la pérdida de fuerzas, la Eucaristía fortalece la caridad que, en la
vida cotidiana, tiende a debilitarse; y esta caridad vivificadaborra los pecados
veniales (cf Concilio de Trento: DS 1638). Dándose a nosotros, Cristo
reaviva nuestro amor y nos hace capaces de romper los lazos desordenados con
las criaturas y de arraigarnos en Él:
«Porque Cristo murió por nuestro amor,
cuando hacemos conmemoración de su muerte en nuestro sacrificio, pedimos que
venga el Espíritu Santo y nos comunique el amor; suplicamos fervorosamente que
aquel mismo amor que impulsó a Cristo a dejarse crucificar por nosotros sea
infundido por el Espíritu Santo en nuestro propios corazones, con objeto de que
consideremos al mundo como crucificado para nosotros, y sepamos vivir
crucificados para el mundo [...] y, llenos de caridad, muertos para el pecado
vivamos para Dios» (San Fulgencio de Ruspe, Contra gesta Fabiani 28,
17-19).
Por la misma caridad que enciende
en nosotros, la Eucaristía nos preserva de futuros pecados mortales.
Cuanto más participamos en la vida de Cristo y más progresamos en su amistad,
tanto más difícil se nos hará romper con Él por el pecado mortal. La Eucaristía
no está ordenada al perdón de los pecados mortales. Esto es propio del
sacramento de la Reconciliación. Lo propio de la Eucaristía es ser el
sacramento de los que están en plena comunión con la Iglesia.
La unidad del Cuerpo místico:
La Eucaristía hace la Iglesia. Los que reciben la Eucaristía se unen más
estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo los une a todos los fieles en un
solo cuerpo: la Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta
incorporación a la Iglesia realizada ya por el Bautismo. En el Bautismo fuimos
llamados a no formar más que un solo cuerpo (cf 1 Co 12,13).
La Eucaristía realiza esta llamada: "El cáliz de bendición que bendecimos
¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? y el pan que partimos ¿no es
comunión con el Cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un
solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan" (1 Co 10,16-17):
«Si vosotros mismos sois Cuerpo y
miembros de Cristo, sois el sacramento que es puesto sobre la mesa del Señor, y
recibís este sacramento vuestro. Respondéis "Amén" [es decir,
"sí", "es verdad"] a lo que recibís, con lo que,
respondiendo, lo reafirmáis. Oyes decir "el Cuerpo de Cristo", y
respondes "amén". Por lo tanto, sé tú verdadero miembro de Cristo
para que tu "amén" sea también verdadero» (San Agustín, Sermo 272).
La Eucaristía entraña un
compromiso en favor de los pobres: Para recibir en la verdad el Cuerpo
y la Sangre de Cristo entregados por nosotros debemos reconocer a Cristo en los
más pobres, sus hermanos (cf Mt 25,40):
«Has gustado la sangre del Señor y no
reconoces a tu hermano. [...] Deshonras esta mesa, no juzgando digno de
compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno [...] de participar en esta
mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú,
aún así, no te has hecho más misericordioso (S. Juan Crisóstomo, hom. in 1 Co
27,4).
La Eucaristía y la unidad de los cristianos. Ante la grandeza de esta misterio, san
Agustín exclama: O sacramentum pietatis! O signum unitatis! O vinculum
caritatis! ("¡Oh sacramento de piedad, oh signo de unidad, oh
vínculo de caridad!") (In Iohannis evangelium tractatus 26,13;
cf SC 47). Cuanto más dolorosamente se hacen sentir las divisiones de
la Iglesia que rompen la participación común en la mesa del Señor, tanto más
apremiantes son las oraciones al Señor para que lleguen los días de la unidad
completa de todos los que creen en Él.
Las Iglesias orientales que no
están en plena comunión con la Iglesia católica celebran la Eucaristía con gran
amor. "Estas Iglesias, aunque separadas, [tienen] verdaderos sacramentos
[...] y sobre todo, en virtud de la sucesión apostólica, el sacerdocio y la
Eucaristía, con los que se unen aún más con nosotros con vínculo
estrechísimo" (UR 15). Una cierta comunión in sacris, por
tanto, en la Eucaristía, "no solamente es posible, sino que se
aconseja...en circunstancias oportunas y aprobándolo la autoridad
eclesiástica" (UR 15, cf CIC can. 844, §3).
Las comunidades eclesiales nacidas de la
Reforma, separadas de la Iglesia católica, "sobre todo por defecto del
sacramento del orden, no han conservado la sustancia genuina e íntegra del
misterio eucarístico" (UR 22). Por esto, para la Iglesia católica, la
intercomunión eucarística con estas comunidades no es posible. Sin embargo, estas
comunidades eclesiales "al conmemorar en la Santa Cena la muerte y la
resurrección del Señor, profesan que en la comunión de Cristo se significa la
vida, y esperan su venida gloriosa" (UR 22).
Si, a juicio del Ordinario, se
presenta una necesidad grave, los ministros católicos pueden administrar los
sacramentos (Eucaristía, Penitencia, Unción de los enfermos) a cristianos que
no están en plena comunión con la Iglesia católica, pero que piden estos
sacramentos con deseo y rectitud: en tal caso se precisa que profesen la fe
católica respecto a estos sacramentos y estén bien dispuestos (cf CIC,
can. 844, §4).
La misa explicada por San Pío de
Pietrelcina
El Padre Derobert, hijo espiritual del
Padre Pío, explica el sentido que tenía la Misa para el Santo de Pietrelcina:
“El me había explicado poco antes de mi ordenación sacerdotal que celebrando la
misa había que poner el paralelo su cronología y la cronología de la Pasión de
Cristo. Se trataba de comprender y de darse cuenta, en primer lugar, de que el
sacerdote en el altar es Jesucristo. Y desde ese momento Jesús en su sacerdote
revive indefinidamente su Pasión”.
Y este es el itinerario de la cronología
y orden en paralelo de la Misa y de la Pasión:
1.- Desde la señal de la Cruz hasta el Ofertorio: Es el tiempo de encuentro con Jesús en Getsemaní, sufriendo con Él ante la marea negra del pecado. Unirse a Él en el dolor de ver que la Palabra del Padre, que Él había venido a traernos, no sería recibida o sería recibida muy mal por los hombres. Y desde esta óptica hay que escuchar las lecturas de la Misa que están dirigidas personalmente a mí y a nosotros.
2.- El Ofertorio: Evoca el arresto de Jesús. La Hora ha llegado…
3.- El Prefacio: Es el canto de alabanza, entrega y agradecimiento que Jesús dirige al Padre que le ha permitido llegar a esta Hora.
4.- Desde el comienzo de la plegaria eucarística hasta la consagración: Empezamos encontrándonos con Jesús en prisión para después hacer memoria y celebración de su atroz flagelación y coronación de espinas. Seguimos con su Vía Crucis, el camino de la cruz por las callejuelas de Jerusalén –imagen de todo el mundo y de toda la humanidad-, teniendo presentes en el “memento” a los que están allí, en la Misa, y a todos.
5.- La consagración: Se nos da el cuerpo de Cristo, entregado de nuevo ahora. Es místicamente la crucifixión del Señor, y por eso el Padre Pío sufría atrozmente en este momento de la Misa, durante la consagración.
6.- Las plegarias inmediatamente posteriores a la consagración: Nos unimos enseguida con Jesús en la Cruz y ofrecemos desde este instante al Padre el sacrificio redentor. Es el sentido de la oración litúrgica inmediatamente después de la consagración.
7.- La doxología final, “Por Cristo, con Él y en Él…”: Corresponde al grito de Jesús “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu…”. Desde este momento, el sacrificio es consumado y aceptado por el Padre. Los hombres desde ahora ya no están separados de Dios, se vuelven a encontrar unidos. Y esa la razón por la que a continuación de la doxología se reza el Padre Nuestro.
8.- La fracción del Pan: Marca la muerte de Jesucristo.
9.- La intinción y posterior comunión: La intinción es el momento en que el sacerdote, habiendo quebrado la sagrada hostia, símbolo de la muerte, deja caer una partícula del Cuerpo de Cristo en el cáliz de su preciosa sangre. Marca el momento de la resurrección, pues el Cuerpo y la Sangre se reúnen de nuevo y a Cristo crucificado y resucitado a quien vamos a recibir en la comunión.
10.- La bendición final de la Misa: Con ella el sacerdote marca a los fieles con la cruz de Cristo como signo distintivo y, a su vez, escudo protector contra las astucias del Maligno. Es también signo de envío y de misión como Jesucristo, tras su Pasión y ya resucitado, envío a sus apóstoles a hacer discípulos de todos los pueblos.
1.- Desde la señal de la Cruz hasta el Ofertorio: Es el tiempo de encuentro con Jesús en Getsemaní, sufriendo con Él ante la marea negra del pecado. Unirse a Él en el dolor de ver que la Palabra del Padre, que Él había venido a traernos, no sería recibida o sería recibida muy mal por los hombres. Y desde esta óptica hay que escuchar las lecturas de la Misa que están dirigidas personalmente a mí y a nosotros.
2.- El Ofertorio: Evoca el arresto de Jesús. La Hora ha llegado…
3.- El Prefacio: Es el canto de alabanza, entrega y agradecimiento que Jesús dirige al Padre que le ha permitido llegar a esta Hora.
4.- Desde el comienzo de la plegaria eucarística hasta la consagración: Empezamos encontrándonos con Jesús en prisión para después hacer memoria y celebración de su atroz flagelación y coronación de espinas. Seguimos con su Vía Crucis, el camino de la cruz por las callejuelas de Jerusalén –imagen de todo el mundo y de toda la humanidad-, teniendo presentes en el “memento” a los que están allí, en la Misa, y a todos.
5.- La consagración: Se nos da el cuerpo de Cristo, entregado de nuevo ahora. Es místicamente la crucifixión del Señor, y por eso el Padre Pío sufría atrozmente en este momento de la Misa, durante la consagración.
6.- Las plegarias inmediatamente posteriores a la consagración: Nos unimos enseguida con Jesús en la Cruz y ofrecemos desde este instante al Padre el sacrificio redentor. Es el sentido de la oración litúrgica inmediatamente después de la consagración.
7.- La doxología final, “Por Cristo, con Él y en Él…”: Corresponde al grito de Jesús “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu…”. Desde este momento, el sacrificio es consumado y aceptado por el Padre. Los hombres desde ahora ya no están separados de Dios, se vuelven a encontrar unidos. Y esa la razón por la que a continuación de la doxología se reza el Padre Nuestro.
8.- La fracción del Pan: Marca la muerte de Jesucristo.
9.- La intinción y posterior comunión: La intinción es el momento en que el sacerdote, habiendo quebrado la sagrada hostia, símbolo de la muerte, deja caer una partícula del Cuerpo de Cristo en el cáliz de su preciosa sangre. Marca el momento de la resurrección, pues el Cuerpo y la Sangre se reúnen de nuevo y a Cristo crucificado y resucitado a quien vamos a recibir en la comunión.
10.- La bendición final de la Misa: Con ella el sacerdote marca a los fieles con la cruz de Cristo como signo distintivo y, a su vez, escudo protector contra las astucias del Maligno. Es también signo de envío y de misión como Jesucristo, tras su Pasión y ya resucitado, envío a sus apóstoles a hacer discípulos de todos los pueblos.