SAN JOSÉ
Fiestas
Marzo 19: Esposo de la Virgen María
Mayo 1: San José obrero
Marzo 19: Esposo de la Virgen María
Mayo 1: San José obrero
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Corazón Castísimo de San José
Domingo después de Navidad: La Sagrada Familia
San José es
cabeza de la Sagrada Familia. El hombre en quien Dios confió sus mas valiosos
tesoros. Esposo de
María Santísima, padre virginal de Jesús. No hay en el cielo santo mas
grande después de su esposa, María.El Papa Pío IX nombró a San José, en 1847, Patrono
de la Iglesia universal. Si la fiesta, 19 de marzo, cae en Semana Santa, se
anticipa al primer sábado anterior a ella. Esta festividad, que ya existía en
numerosos lugares, se fijó en esta fecha durante el siglo XV y luego se
extendió a toda la Iglesia como fiesta de precepto en 1621.
La paternidad
de San José alcanza no sólo a Jesús sino a la misma Iglesia, que continúa en la
tierra la misión salvadora de Cristo. El Papa Juan XXIII incorporó su nombre al
Canon Romano, para que todos los cristianos -en el momento en que Cristo se
hace presente en el altar- veneremos su memoria.
San José es cabeza de la
Sagrada Familia. El hombre en quien Dios confió sus más valiosos tesoros. Esposo de María Santísima, padre virginal de Jesús.
No
hay en el cielo santo más grande después de su esposa, María.El Papa Pío IX nombró a San José, en 1847, Patrono de la Iglesia
universal. Si la fiesta, 19 de marzo, cae en Semana Santa, se anticipa al primer
sábado anterior a ella. Esta festividad, que ya existía en numerosos lugares,
se fijó en esta fecha durante el siglo XV y luego se extendió a toda la Iglesia
como fiesta de precepto en 1621.
La paternidad de San José
alcanza no sólo a Jesús sino a la misma Iglesia, que continúa en la tierra la
misión salvadora de Cristo. El Papa Juan XXIII incorporó su nombre al Canon
Romano, para que todos los cristianos -en el momento en que Cristo se hace
presente en el altar- veneremos su memoria.
A San José Dios le
encomendó la inmensa responsabilidad y privilegio de ser esposo de la Virgen
María y custodio de la Sagrada Familia. Es por eso el santo que más cerca esta
de Jesús y de la Stma. Virgen María.
Nuestro Señor fue llamado
"hijo de José" (Juan 1:45; 6:42; Lucas 4:22) el carpintero (Mateo
12:55).
No era padre natural de
Jesús (quién fue engendrado en el vientre virginal de la Stma. Virgen María por
obra del Espíritu Santo y es Hijo de Dios), pero José lo adoptó y Jesús se
sometió a el como un buen hijo ante su padre. ¡Cuánto influenció José en el
desarrollo humano del niño Jesús! ¡Qué perfecta unión existió en su ejemplar
matrimonio con María!
San José es llamado el
"Santo del silencio" No conocemos palabras expresadas por
él, tan solo conocemos sus obras, sus actos de fe, amor y de protección como
padre responsable del bienestar de su amadísima esposa y de su excepcional
Hijo. José fue "santo" desde antes de los desposorios. Un
"escogido" de Dios. Desde el principio recibió la gracia de discernir
los mandatos del Señor.
Las principales fuentes
de información sobre la vida de San José son los primeros capítulos del
evangelio de Mateo y de Lucas. Son al mismo tiempo las únicas fuentes seguras
por ser parte de la Revelación.
San Mateo (1:16) llama a
San José el hijo de Jacob; según San Lucas (3:23), su padre era Heli.
Probablemente nació en Belén, la ciudad de David del que era descendiente. Pero
al comienzo de la historia de los Evangelios (poco antes de la Anunciación),
San José vivía en Nazaret.
Según San Mateo 13:55 y
Marcos 6:3, San José era un "tekton". La palabra significa en
particular que era carpintero. San Justino lo confirma (Dial. cum Tryph.,
lxxxviii, en P. G., VI, 688), y la tradición ha aceptado esta interpretación.
Si el matrimonio de San
José con La Stma. Virgen ocurrió antes o después de la Encarnación aun es
discutido por los exegetas. La mayoría de los comentadores, siguiendo a Santo
Tomás, opinan que en la Anunciación, la Virgen María estaba solo prometida a
José. Santo Tomás observa que esta interpretación encaja mejor con los
datos bíblicos.
Los hombres por lo
general se casaban muy jóvenes y San José tendría quizás de 18 a 20 años de
edad cuando se desposó con María. Era un joven justo, casto, honesto, humilde
carpintero...ejemplo para todos nosotros.
La literatura apócrifa,
(especialmente el "Evangelio de Santiago", el "Pseudo
Mateo" y el "Evangelio de la Natividad de la Virgen María",
"La Historia de San José el Carpintero", y la "Vida de la Virgen
y la Muerte de San José) provee muchos detalles pero estos libros no están
dentro del canon de las Sagradas Escrituras y no son confiables.
Amor virginal
Algunos libros apócrifos
cuentan que San José era un viudo de noventa años de edad cuando se casó con la
Santísima Virgen María quien tendría entre 12 a 14 años. Estas historias no
tienen validez y San Jerónimo las llama "sueños". Sin embargo, han
dado pie a muchas representaciones artísticas. La razón de pretender un San José
tan mayor quizás responde a la dificultad de una relación virginal entre dos
jóvenes esposos. Esta dificultad responde a la naturaleza caída, pero se vence
con la gracia de Dios. Ambos recibieron extraordinarias gracias a las que
siempre supieron corresponder. En la relación esposal de San José y la Virgen
María tenemos un ejemplo para todo matrimonio. Nos enseña que el
fundamento de la unión conyugal está en la comunión de corazones en el amor
divino. Para los esposos, la unión de cuerpos debe ser una expresión de ese
amor y por ende un don de Dios. San José y María Santísima, sin embargo,
permanecieron vírgenes por razón de su privilegiada misión en relación a
Jesús. La virginidad, como donación total a Dios, nunca es una carencia;
abre las puertas para comunicar el amor divino en la forma más pura y sublime.
Dios habitaba siempre en aquellos corazones puros y ellos compartían entre sí
los frutos del amor que recibían de Dios.
El matrimonio fue
auténtico, pero al mismo tiempo, según San Agustín y otros, los esposos tenían
la intención de permanecer en el estado virginal. (cf.St. Aug., "De
cons. Evang.", II, i in P.L. XXXIV, 1071-72; "Cont. Julian.", V,
xii, 45 in P.L.. XLIV, 810; St. Thomas, III:28; III:29:2).
Pronto la fe de San José
fue probada con el misterioso embarazo de María. No conociendo el misterio de
la Encarnación y no queriendo exponerla al repudio y su posible condena a
lapidación, pensaba retirarse cuando el ángel del Señor se le apareció en
sueño:
"Su marido José,
como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en
secreto. Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en
sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer
porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Despertado José del sueño,
hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer."
(Mat. 1:19-20, 24).
Unos meses más tarde,
llegó el momento para S. José y María de partir hacia Belén para
apadrinarse según el decreto de Cesar Augustus. Esto vino en muy difícil
momento ya que ella estaba en cinta. (cf. Lucas 2:1-7).
En Belén tuvo que sufrir
con La Virgen la carencia de albergue hasta tener que tomar refugio en un
establo. Allí nació el hijo de la Virgen. El atendía a los dos como si fuese el
verdadero padre. Cuál sería su estado de admiración a la llegada de los
pastores, los ángeles y más tarde los magos de Oriente. Referente a la
Presentación de Jesús en el Templo, San Lucas nos dice: "Su padre
y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. (Lucas 2:33).
Después de la visita de
los magos de Oriente, Herodes el tirano, lleno de envidia y obsesionado con su
poder, quiso matar al niño. San José escuchó el mensaje de Dios transmitido por
un ángel: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y
estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para
matarle.» Mateo 2:13. San José obedeció y tomo responsabilidad
por la familia que Dios le había confiado.
San José tuvo que vivir unos años con la Virgen y el Niño en el exilio de Egipto. Esto representaba dificultades muy grandes: la Sagrada familia, siendo extranjera, no hablaba el idioma, no tenían el apoyo de familiares o amigos, serían víctimas de prejuicios, dificultades para encontrar empleo y la consecuente pobreza. San José aceptó todo eso por amor sin exigir nada.
Una vez más por medio del
ángel del Señor, supo de la muerte de Herodes: "«Levántate, toma
contigo al niño y a su madre, y ponte en camino de la tierra de Israel; pues ya
han muerto los que buscaban la vida del niño.» Él se levantó, tomó
consigo al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel. Pero al
enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo
miedo de ir allí; y avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea".
Mateo 2:22.
Fue así que la Sagrada
Familia regresó a Nazaret. Desde entonces el único evento que conocemos
relacionado con San José es la "pérdida" de Jesús al regreso de la
anual peregrinación a Jerusalén (cf. Lucas 2, 42-51). San José y la
Virgen lo buscaban por tres angustiosos días hasta encontrarlo en el
Templo. Dios quiso que este santo varón nos diera ejemplo de humildad en
la vida escondida de su sagrada familia y su taller de carpintería.
Lo más probable es que
San José haya muerto antes del comienzo de la vida pública de Jesús ya que no
estaba presente en las bodas de Canaá ni se habla más de él. De estar vivo, San
José hubiese estado sin duda al pie de la Cruz con María. La entrega que hace
Jesús de su Madre a San Juan da también a entender que ya San José estaba
muerto.
Según San Epifanius, San
José murió en sus 90 años y la Venerable Bede dice que fue enterrado en el
Valle de Josafat. Pero estas historias son dudosas.
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Libro de San José Revelado a una Vidente (Click aqui abajo)
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CARTA ENCÍCLICA: QUAMQUAM PLURIES
DEL SUMO PONTÍFICE: LEÓN XIII
SOBRE LA DEVOCIÓN A SAN JOSÉ
A nuestros Venerables
Hermanos los Patriarcas, Primados, Arzobispos
y otros Ordinarios, en paz y unión con la Sede Apostólica.
y otros Ordinarios, en paz y unión con la Sede Apostólica.
1. Aunque muchas
veces antes Nos hemos dispuesto que se ofrezcan oraciones especiales en el
mundo entero, para que las intenciones del Catolicismo puedan ser
insistentemente encomendadas a Dios, nadie considerará como motivo de sorpresa
que Nos consideremos el momento presente como oportuno para inculcar nuevamente
el mismo deber. Durante periodos de tensión y de prueba —sobre todo cuando
parece en los hechos que toda ausencia de ley es permitida a los poderes de la
oscuridad— ha sido costumbre en la Iglesia suplicar con especial fervor y
perseverancia a Dios, su autor y protector, recurriendo a la intercesión de los
santos —y sobre todo de la Santísima Virgen María, Madre de Dios— cuya tutela
ha sido siempre muy eficaz. El fruto de esas piadosas oraciones y de la
confianza puesta en la bondad divina, ha sido siempre, tarde o temprano, hecha
patente. Ahora, Venerables Hermanos, ustedes conocen los tiempos en los que
vivimos; son poco menos deplorables para la religión cristiana que los peores
días, que en el pasado estuvieron llenos de miseria para la Iglesia. Vemos la
fe, raíz de todas las virtudes cristianas, disminuir en muchas almas; vemos la
caridad enfriarse; la joven generación diariamente con costumbres y puntos de
vista más depravados; la Iglesia de Jesucristo atacada por todo flanco
abiertamente o con astucia; una implacable guerra contra el Soberano Pontífice;
y los fundamentos mismos de la religión socavados con una osadía que crece
diariamente en intensidad. Estas cosas son, en efecto, tan notorias que no hace
falta que nos extendamos acerca de las profundidades en las que se ha hundido
la sociedad contemporánea, o acerca de los proyectos que hoy agitan las mentes
de los hombres. Ante circunstancias tan infaustas y problemáticas, los remedios
humanos son insuficientes, y se hace necesario, como único recurso, suplicar la
asistencia del poder divino.
2. Este es el
motivo por el que Nos hemos considerado necesario dirigirnos al pueblo
cristiano y exhortarlo a implorar, con mayor celo y constancia, el auxilio de
Dios Todopoderoso. Estando próximos al mes de octubre, que hemos consagrado a
la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario, Nos
exhortamos encarecidamente a los fieles a que participen de las actividades de
este mes, si es posible, con aún mayor piedad y constancia que hasta ahora.
Sabemos que tenemos una ayuda segura en la maternal bondad de la Virgen, y
estamos seguros de que jamás pondremos en vano nuestra confianza en ella. Si,
en innumerables ocasiones, ella ha mostrado su poder en auxilio del mundo
cristiano, ¿por qué habríamos de dudar de que ahora renueve la asistencia de su
poder y favor, si en todas partes se le ofrecen humildes y constantes
plegarias? No, por el contrario creemos en que su intervención será de lo más
extraordinaria, al habernos permitido elevarle nuestras plegarias, por tan
largo tiempo, con súplicas tan especiales. Pero Nos tenemos en mente otro
objeto, en el cual, de acuerdo con lo acostumbrado en ustedes, Venerables
Hermanos, avanzarán con fervor. Para que Dios sea más favorable a nuestras
oraciones, y para que Él venga con misericordia y prontitud en auxilio de Su
Iglesia, Nos juzgamos de profunda utilidad para el pueblo cristiano, invocar
continuamente con gran piedad y confianza, junto con la Virgen-Madre de Dios,
su casta Esposa, a San José; y tenemos plena seguridad de que esto será del mayor
agrado de la Virgen misma. Con respecto a esta devoción, de la cual Nos
hablamos públicamente por primera vez el día de hoy, sabemos sin duda que no
sólo el pueblo se inclina a ella, sino que de hecho ya se encuentra
establecida, y que avanza hacia su pleno desarrollo. Hemos visto la devoción a
San José, que en el pasado han desarrollado y gradualmente incrementado los
Romanos Pontífices, crecer a mayores proporciones en nuestro tiempo,
particularmente después que Pío IX, de feliz memoria, nuestro predecesor,
proclamase, dando su consentimiento a la solicitud de un gran número de
obispos, a este santo patriarca como el Patrono de la Iglesia Católica. Y
puesto que, más aún, es de gran importancia que la devoción a San José se
introduzca en las prácticas diarias de piedad de los católicos, Nos deseamos
exhortar a ello al pueblo cristiano por medio de nuestras palabras y nuestra
autoridad.
3. Las razones
por las que el bienaventurado José debe ser considerado especial patrono de la
Iglesia, y por las que a su vez, la Iglesia espera muchísimo de su tutela y
patrocinio, nacen principalmente del hecho de que él es el esposo de María y
padre putativo de Jesús. De estas fuentes ha manado su dignidad, su santidad,
su gloria. Es cierto que la dignidad de Madre de Dios llega tan alto que nada
puede existir más sublime; mas, porque entre la santísima Virgen y José se
estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que a aquella altísima dignidad, por
la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las criaturas, él se acercó
más que ningún otro. Ya que el matrimonio es el máximo consorcio y amistad —al
que de por sí va unida la comunión de bienes— se sigue que, si Dios ha dado a
José como esposo a la Virgen, se lo ha dado no sólo como compañero de vida,
testigo de la virginidad y tutor de la honestidad, sino también para que
participase, por medio del pacto conyugal, en la excelsa grandeza de ella. El
se impone entre todos por su augusta dignidad, dado que por disposición divina
fue custodio y, en la creencia de los hombres, padre del Hijo de Dios. De donde
se seguía que el Verbo de Dios se sometiera a José, le obedeciera y le diera
aquel honor y aquella reverencia que los hijos deben a sus propio padres. De
esta doble dignidad se siguió la obligación que la naturaleza pone en la cabeza
de las familias, de modo que José, en su momento, fue el custodio legítimo y
natural, cabeza y defensor de la Sagrada Familia. Y durante el curso entero de
su vida él cumplió plenamente con esos cargos y esas responsabilidades. El se
dedicó con gran amor y diaria solicitud a proteger a su esposa y al Divino
Niño; regularmente por medio de su trabajo consiguió lo que era necesario para
la alimentación y el vestido de ambos; cuidó al Niño de la muerte cuando era
amenazado por los celos de un monarca, y le encontró un refugio; en las
miserias del viaje y en la amargura del exilio fue siempre la compañía, la
ayuda y el apoyo de la Virgen y de Jesús. Ahora bien, el divino hogar que José
dirigía con la autoridad de un padre, contenía dentro de sí a la apenas
naciente Iglesia. Por el mismo hecho de que la Santísima Virgen es la Madre de
Jesucristo, ella es la Madre de todos los cristianos a quienes dio a luz en el
Monte Calvario en medio de los supremos dolores de la Redención; Jesucristo es,
de alguna manera, el primogénito de los cristianos, quienes por la adopción y
la Redención son sus hermanos. Y por estas razones el Santo Patriarca contempla
a la multitud de cristianos que conformamos la Iglesia como confiados
especialmente a su cuidado, a esta ilimitada familia, extendida por toda la
tierra, sobre la cual, puesto que es el esposo de María y el padre de
Jesucristo, conserva cierta paternal autoridad. Es, por tanto, conveniente y
sumamente digno del bienaventurado José que, lo mismo que entonces solía tutelar
santamente en todo momento a la familia de Nazaret, así proteja ahora y
defienda con su celeste patrocinio a la Iglesia de Cristo.
4. Ustedes
comprenden bien, Venerables Hermanos, que estas consideraciones se encuentran
confirmadas por la opinión sostenida por un gran número de los Padres, y que la
sagrada liturgia reafirma, que el José de los tiempos antiguos, hijo del
patriarca Jacob, era tipo de San José, y el primero por su gloria prefiguró la
grandeza del futuro custodio de la Sagrada Familia. Y ciertamente, más allá del
hecho de haber recibido el mismo nombre —un punto cuya relevancia no ha sido
jamás negada— , ustedes conocen bien las semejanzas que existen entre ellos;
principalmente, que el primer José se ganó el favor y la especial benevolencia
de su maestro, y que gracias a la administración de José su familia alcanzó la
prosperidad y la riqueza; que —todavía más importante— presidió sobre el reino
con gran poder, y, en un momento en que las cosechas fracasaron, proveyó por
todas las necesidades de los egipcios con tanta sabiduría que el Rey decretó
para él el título de "Salvador del mundo". Por esto es que Nos
podemos prefigurar al nuevo en el antiguo patriarca. Y así como el primero fue
causa de la prosperidad de los intereses domésticos de su amo y a la vez brindó
grandes servicios al reino entero, así también el segundo, destinado a ser el
custodio de la religión cristiana, debe ser tenido como el protector y el
defensor de la Iglesia, que es verdaderamente la casa del Señor y el reino de Dios
en la tierra. Estas son las razones por las que hombres de todo tipo y nación
han de acercarse a la confianza y tutela del bienaventurado José. Los padres de
familia encuentran en José la mejor personificación de la paternal solicitud y
vigilancia; los esposos, un perfecto de amor, de paz, de fidelidad conyugal;
las vírgenes a la vez encuentran en él el modelo y protector de la integridad
virginal. Los nobles de nacimiento aprenderán de José como custodiar su
dignidad incluso en las desgracias; los ricos entenderán, por sus lecciones,
cuáles son los bienes que han de ser deseados y obtenidos con el precio de su
trabajo. En cuanto a los trabajadores, artesanos y personas de menor grado, su
recurso a San José es un derecho especial, y su ejemplo está para su particular
imitación. Pues José, de sangre real, unido en matrimonio a la más grande y
santa de las mujeres, considerado el padre del Hijo de Dios, pasó su vida
trabajando, y ganó con la fatiga del artesano el necesario sostén para su
familia. Es, entonces, cierto que la condición de los más humildes no tiene en
sí nada de vergonzoso, y el trabajo del obrero no sólo no es deshonroso, sino
que, si lleva unida a sí la virtud, puede ser singularmente ennoblecido. José,
contento con sus pocas posesiones, pasó las pruebas que acompañan a una fortuna
tan escasa, con magnanimidad, imitando a su Hijo, quien habiendo tomado la
forma de siervo, siendo el Señor de la vida, se sometió a sí mismo por su
propia libre voluntad al despojo y la pérdida de todo.
5. Por medio de
estas consideraciones, los pobres y aquellos que viven con el trabajo de sus
manos han de ser de buen corazón y aprender a ser justos. Si ganan el derecho
de dejar la pobreza y adquirir un mejor nivel por medios legítimos, que la
razón y la justicia los sostengan para cambiar el orden establecido, en primer
instancia, para ellos por la Providencia de Dios. Pero el recurso a la fuerza y
a las querellas por caminos de sedición para obtener tales fines son locuras
que sólo agravan el mal que intentan suprimir. Que los pobres, entonces, si han
de ser sabios, no confíen en las promesas de los hombres sediciosos, sino más
bien en el ejemplo y patrocinio del bienaventurado José, y en la maternal
caridad de la Iglesia, que cada día tiene mayor compasión de ellos.
6. Es por esto
que —confiando mucho en su celo y autoridad episcopal, Venerables hermanos, y
sin dudar que los fieles buenos y piadosos irán más allá de la mera letra de la
ley— disponemos que durante todo el mes de octubre, durante el rezo del
Rosario, sobre el cual ya hemos legislado, se añada una oración a San José,
cuya fórmula será enviada junto con la presente, y que esta costumbre sea
repetida todos los años. A quienes reciten esta oración, les concedemos cada
vez una indulgencia de siete años y siete cuaresmas. Es una práctica saludable
y verdaderamente laudable, ya establecida en algunos países, consagrar el mes
de marzo al honor del santo Patriarca por medio de diarios ejercicios de
piedad. Donde esta costumbre no sea fácil de establecer, es al menos deseable,
que antes del día de fiesta, en la iglesia principal de cada parroquia, se
celebre un triduo de oración. En aquellas tierras donde el 19 de marzo —fiesta
de San José— no es una festividad obligatoria, Nos exhortamos a los fieles a
santificarla en cuanto sea posible por medio de prácticas privadas de piedad,
en honor de su celestial patrono, como si fuera un día de obligación.
7. Como prenda
de celestiales favores, y en testimonio de nuestra buena voluntad, impartimos
muy afectuosamente en el Señor, a ustedes, Venerables Hermanos, a su clero y a
su pueblo, la bendición apostólica.
Dado en el
Vaticano, el 15 de agosto de 1889, undécimo año de nuestro pontificado.
LEÓN PP. XIII
Oración a San
José
A ti,
bienaventurado san José, acudimos en nuestra tribulación, y después de implorar
el auxilio de tu santísima esposa, solicitamos también confiadamente tu
patrocinio.
Con aquella
caridad que te tuvo unido con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, y por
el paterno amor con que abrazaste al Niño Jesús, humildemente te suplicamos que
vuelvas benigno los ojos a la herencia que con su Sangre adquirió Jesucristo, y
con tu poder y auxilio socorras nuestras necesidades.
Protege, oh
providentísimo Custodio de la divina Familia, la escogida descendencia de
Jesucristo; aleja de nosotros, oh padre amantísimo, este flagelo de errores y
vicios. Asístenos propicio desde el cielo, en esta lucha contra el poder de las
tinieblas; y como en otro tiempo libraste de la muerte la vida amenazada del
Niño Jesús, así ahora defiende a la santa Iglesia de
Dios de las
hostiles insidias y de toda adversidad.
Y a cada uno de nosotros protégenos con tu constante patrocinio, para que, a ejemplo tuyo, y sostenidos por tu auxilio, podamos vivir y morir santamente y alcanzar en los cielos la eterna bienaventuranza. Amén
Y a cada uno de nosotros protégenos con tu constante patrocinio, para que, a ejemplo tuyo, y sostenidos por tu auxilio, podamos vivir y morir santamente y alcanzar en los cielos la eterna bienaventuranza. Amén

La devoción a San
José se fundamenta en que este hombre "justo" fue escogido por Dios
para ser el esposo de María Santísima y hacer las veces de padre de Jesús en la
tierra. Durante los primeros siglos de la Iglesia la veneración se
dirigía principalmente a los mártires. Quizás se veneraba poco a San José para
enfatizar la paternidad divina de Jesús. Pero, así todo, los Padres (San
Agustín, San Jerónimo y San Juan Crisóstomo, entre otros), ya nos hablan de San
José. Según San Callistus, esta devoción comenzó en el Oriente donde
existe desde el siglo IV, relata también que la gran basílica construida en
Belén por Santa Elena había un hermoso oratorio dedicado a nuestro santo.
San Pedro Crisólogo: "José fue un hombre perfecto, que posee todo género de
virtudes" El nombre de José en hebreo significa "el que va en
aumento. "Y así se desarrollaba el carácter de José, crecía "de
virtud en virtud" hasta llegar a una excelsa santidad.
En el Occidente,
referencias a (Nutritor Domini) San José aparecen en el siglo IX en
martirologios locales y en el 1129 aparece en Bologna la primera iglesia a él
dedicada. Algunos santos del siglo XII comenzaron a popularizar la
devoción a San José entre ellos se destacaron San Bernardo, Santo Tomás de
Aquino, Santa Gertrudiz y Santa Brígida de Suecia. Según Benito XIV (De Serv.
Dei beatif., I, iv, n. 11; xx, n. 17), "La opinión general de los
conocedores es que los Padres del Carmelo fueron los primeros en importar del
Oriente al Occidente la laudable práctica de ofrecerle pleno culto a San José".
En el siglo XV, merecen
particular mención como devotos de San José los santos Vicente Ferrer (m.
1419), Pedro d`Ailli (m. 1420), Bernadino de Siena (m. 1444) y Jehan Gerson (m.
1429). Finalmente, durante el pontificado de Sixto IV (1471 - 84), San José
se introdujo en el calendario Romano en el 19 de Marzo. Desde entonces su
devoción ha seguido creciendo en popularidad. En 1621 Gregorio XV la
elevó a fiesta de obligación. Benedicto XIII introdujo a San José en la letanía
de los santos en 1726.
Los franciscanos fueron
los primeros en tener la fiesta de los desposorios de La Virgen con San José.
Santa Teresa tenía una gran devoción a San José y la afianzó en la reforma
carmelita poniéndolo en 1621 como patrono, y en 1689 se les permitió celebrar
la fiesta de su Patronato en el tercer domingo de Pascua. Esta fiesta
eventualmente se extendió por todo el reino español. La devoción a San José se
arraigo entre los obreros durante el siglo XIX. El crecimiento de
popularidad movió a Pío IX, el mismo un gran devoto, a extender a la Iglesia
universal la fiesta del Patronato (1847) y en diciembre del 1870 lo
declaró Santo Patriarca, patrón de la Iglesia Católica.
San Leon XIII y Pío X
fueron también devotos de San José. Este últimos aprobó en 1909 una letanía en
honor a San José.
Santa Teresa de Jesús "Tomé por abogado y señor al glorioso San José."
Isabel de la Cruz, monja carmelita, comenta sobre Santa Teresa: "era
particularmente devota de San José y he oído decir se le apareció muchas veces
y andaba a su lado."
"No me acuerdo hasta
ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta
las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado
santo...No he conocido persona que de veras le sea devota que no la vea mas
aprovechada en virtud, porque aprovecha en gran manera a las almas que a El se encomiendan...Solo
pido por amor de Dios que lo pruebe quien no le creyere y vera por experiencia
el gran bien que es encomendarse a este glorioso patriarca y tenerle
devocion..." -Sta. Teresa.
San Alfonso María de Ligorio nos hace reflexionar: "¿Cuánto no es también de creer
aumentase la santidad de José el trato familiar que tuvo con Jesucristo en el
tiempo que vivieron juntos?" José durante esos treinta años fue el mejor
amigo, el compañero de trabajo con quién Jesús conversaba y oraba. José escuchaba
las palabras de Vida Eterna de Jesús, observaba su ejemplo de perfecta
humildad, de paciencia, y de obediencia, aceptaba siempre la ayuda servicial de
Jesús en los quehaceres y responsabilidades diarios. Por todo esto, no podemos
dudar que mientras José vivió en la compañía de Jesús, creció tanto en méritos
y santificación que aventajó a todos los santos.