María: Medianera, Corredentora y abogada
¿Qué es un Dogma?
Los Dogmas son verdades de fe que están explícitas o implícitas en la
Divina Revelación (la Palabra de Dios, escrita y transmitida).
Se basan en la autoridad misma del Dios revelador (fides Divina), y la Iglesia
garantiza con su definición que se hallan contenidas en la Divina Revelación.
Dichas verdades se apoyan en la autoridad del Magisterio infalible de
la Iglesia cuando son propuestas por medio de una definición solemne
del Papa o de un concilio universal.
¿Qué es el
Magisterio de la Iglesia?
Es el oficio conferido por Cristo a los Apóstoles y sus sucesores de
custodiar, interpretar y proponer la Verdad Revelada con su autoridad y en Su
nombre; en segundo lugar, es el conjunto de enseñanzas dadas en el ejercicio de
ese oficio.
Para realizar esta misión, Cristo concedió el don de la infalibilidad, que
poseen el Romano Pontífice y el Colegio Episcopal en unión con él, cuando
enseñan sobre la fe y la moral que se contienen en el depósito de la
fe, y este depósito de la fe fue entregado por Nuestro Señor Jesucristo.
Hasta el momento, los 4 Dogmas Marianos proclamados por la Iglesia son:
- La inmaculada concepción
- La maternidad divina de
maría
- La perpetua virginidad
de maría
- La asunción a los cielos
en cuerpo y alma de maría.
Quinto
Dogma Mariano (María Corredentora, Medianera y Abogada)
“Corredimir”
no es “redimir con” como si fuese “redimir
junto al Redentor”, pues el único que redime es Cristo. El título “corredentor”
quiere expresar una colaboración que haya sido directamente necesaria para que
se dé la redención. Sin María no habría podido hacerse hombre ni morir por
nosotros.
Santa Teresa de Calcuta declaró, “Si no hay María, no hay Jesús”.
Como don de la Corredentora por participar con el Redentor en la
redención de la familia humana, María también se convierte en Mediadora y
Abogada de sus hijos en el orden de la gracia. El título de Corredentora
aparece bajo el pontificado del Papa San Pío X. A su vez, el Papa San Juan
Pablo II fue proveedor de una gran cantidad de enseñanzas de la participación
Mariana en la Redención.
- MEDIANERA
Medianera de las gracias para la humanidad.
Este título fue establecido a los pies de la Cruz del Salvador, y así
María distribuye todas las gracias de la Redención. El Espíritu Santo desea
distribuir las gracias solo por la Medianera, su amadísima Esposa.
El Concilio Vaticano II enseña:
“Y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual,
no sin designio Divino, se mantuvo erguida, sufriendo profundamente con su
Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo
amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado; y,
finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús agonizante en la cruz como madre
al discípulo con estas palabras: “Mujer, he ahí a tu hijo” (cf. Jn 19,26-27).
Se refiere a la Madre de Jesús como “co-crucificada” y que Ella
“co-muere” espiritualmente con Jesús en el Calvario.
- ABOGADA
María, en su oficio de Abogada del Pueblo de Dios, lleva ante Él las
necesidades en las súplicas de la humanidad, particularmente en tiempos de
peligro y dificultades.
Ella fue coronada como Reina de Cielo y Tierra después de su gloriosa
Asunción al cielo e inicia su función de Abogada intercediendo ante el trono
celestial de Su Hijo.
El Quinto Dogma Mariano, María Corredentora, Medianera y Abogada,
protegerá al mundo de toda calamidad, por eso el Cielo pide rezar el Santo
Rosario de la Corredención para que en la Iglesia el Santo Padre declare el
quinto dogma mariano.
Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres porque Él solo, con su
muerte, logró la reconciliación perfecta con Dios, pero dice Santo Tomás
que «también a otros podemos llamarlos mediadores por cuanto cooperan a la
unión de los hombres con Dios».
A María se la llama Medianera o Mediadora desde muy antiguo. Este título se le
reconoce en documentos oficiales de la Iglesia y ha sido acogido en la
liturgia, introduciéndose en 1921 una fiesta dedicada a María Medianera de
todas las gracias.
«María, que en vísperas de Pentecostés intercedió para que el Espíritu Santo
descendiera sobre la Iglesia naciente, interceda también ahora. Para que ese
mismo Espíritu produzca un profundo rejuvenecimiento cristiano en España. Para
que ésta sepa recoger los grandes valores de su herencia católica y afrontar
valientemente los retos del futuro» (Juan Pablo II en España).
Los más antiguos escritores cristianos y Padres de la Iglesia explicaron
la corredención mariana con profunda sencillez, con lo que expusieron el primer
modelo teológico de María como la “nueva Eva."
En esencia, dilucidaron que
así como Eva, la primer "Madre de los vivientes” (Gn.3:20) cooperó
directamente con Adán, Padre de la raza humana, en la pérdida de la gracia para
toda la humanidad, así también María, la “nueva Eva," cooperó directamente
con Jesucristo, a quien San Pablo llama el “nuevo Adán” (1Co. 15:45-48) en
restaurar la gracia para toda la humanidad.
Citando a San Ireneo, padre de la
Iglesia del siglo II: "Así como aquella [Eva] que tenía por marido a Adán,
aunque todavía era virgen, fue desobediente haciéndose causa de la muerte para
sí misma y para todo el linaje humano, así también María, que tenía destinado
un esposo pero era virgen, fue por su obediencia la causa de la salvación para
sí misma y para todo el linaje humano." En virtud de haber cooperado con
el Redentor de forma singular y directa para restaurar la gracia al género
humano (Gn. 3:15), María fue universalmente conocida en la Iglesia primitiva
como la “nueva Madre de los Vivientes," y su corredención objetiva junto
con Cristo, fue resumida correcta y brevemente por San Jerónimo, padre de la
Iglesia del siglo IV: “la muerte nos vino por Eva, la vida por María.” Ya
desde la antigua tradición cristiana se encuentran referencias explícitas a la
corredención mariana, que hablan de la singular cooperación de María
—secundaria y subordinada a Jesucristo— en la redención o “restauración” del
linaje humano de la esclavitud de Satanás y del pecado.
Por ejemplo, Modesto de
Jerusalén, escritor de la Iglesia del siglo VII, declaró que por medio de María
somos “redimidos de la tiranía del demonio.”
San Juan Damasceno (siglo VIII)
la saluda diciendo: “Bendita tú, por quien somos redimidos de la maldición.”
San Bernardo de Claraval (siglo XII) predica que “por su cooperación el hombre
fue redimido.”
El célebre doctor franciscano, San Buenaventura (siglo XIII),
sintetizó correctamente la tradición cristiana en esta frase: “Aquella mujer
(Eva), fue la causa de nuestro destierro del paraíso y nos perdió; pero ésta
(María) nos rescató de nuevo y nos salvó."
Si bien los padres y doctores
de la Iglesia no dudaban de que la participación de la Virgen María en la
redención, basada en la divina obra y méritos de Jesucristo, había estado total
y radicalmente subordinada al Hijo, la primitiva tradición cristiana no tuvo
reparos en enseñar y predicar la íntima y singular cooperación de la mujer,
María, en la "restauración" o redención del linaje humano de la
esclavitud de Satanás. Así como la humanidad se perdió por causa de un hombre y
una mujer, fue también la voluntad de Dios que la humanidad fuera rescatada por
un Hombre y una Mujer.
Sobre este valioso fundamento cristiano, los papas y
santos del siglo XX han usado el título de Corredentora para referirse a la
singular cooperación de María en la redención humana, según se puede constatar
en la actualidad por las seis ocasiones en las que el Papa Juan Pablo II se ha
referido a María con el título de Corredentora durante su pontificado.
“Corredentora," a la usanza de los papas, no significa que María sea una
diosa semejante a Jesucristo, más que la identificación de San Pablo de todos
los cristianos como “colaboradores de Dios” (1 Co. 3:9), no significa que los
cristianos son dioses a la semejanza del único Dios.
Todos los cristianos están
legítimamente llamados a ser colaboradores o “corredentores” con Jesucristo
(cf. Col. 1:24) al recibir y cooperar con la gracia necesaria para la propia
redención y la redención de otros —la redención subjetiva personal, lograda por
la redención histórica objetiva o “restauración” obrada por Jesucristo, el
“nuevo Adán," el Redentor, y por María, la “nueva Eva," la
Corredentora.
San Bernardo de Claraval, fallecido en 1153, dirigiéndose a María,
comenta la presentación de Jesús en el templo: "Ofrece a tu hijo, Virgen
sacrosanta, y presenta el fruto de tu vientre al Señor.
Para nuestra reconciliación con todo, ofrece la Víctima celestial
agradable a Dios" (Serm. 3 en Purif., 2: PL 183, 370).
Arnoldo de Chartres, discípulo y amigo de San Bernardo, iluminó
particularmente el ofrecimiento de María en el sacrificio del calvario, al
distinguir en la cruz "dos altares: uno en el corazón de María, el otro en
el cuerpo de Cristo. Cristo sacrificó su carne, María su alma." María se
sacrificó espiritualmente en profunda comunión con Cristo, implorando la
salvación del mundo:
" Lo que pide la Madre, el Hijo lo aprueba y el Padre
lo concede" (cf. De septem verbis Domini in cruce, 3: PL 189, 1694).
Desde ese momento, otros autores han explicado la doctrina de la especial
cooperación de María en el sacrificio redentor.
María es
Corredentora
Trajo al mundo al Redentor, fuente de todas las gracias. María dio su
consentimiento libre para que viniese el Salvador al mundo: «He aquí la
esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc. 1, 38). Dice Santo
Tomás que representaba a toda la naturaleza humana.
Se le suele contraponer a Eva y así como ésta fue causa de la perdición, María
por su obediencia lo es de la salvación. Y si aquélla era «madre de los
vivientes», la «Nueva Eva» es madre de los que viven por la fe y la
gracia.
Desde el siglo XV se llama a la Virgen CORREDENTORA y la Iglesia lo usa en
algunos documentos oficiales. No debe entenderse como una equiparación con
Cristo, único Redentor, ya que ella también fue redimida. La suya es una
cooperación indirecta por cuanto puso voluntariamente toda su vida al servicio
del Redentor, padeciendo y ofreciéndose con Él al pie de la Cruz, pero sin
corresponderle el título de Sacerdote, exclusivo de Cristo (cfr. Vat. li, LG,
60).
Mediadora de todas las gracias
Después de su Asunción a los cielos las gracias se conceden a los hombres por
medio de su intercesión. Desde el cielo participa en la difusión de las gracias
con su intercesión maternal. Esta intercesión es inferior a la de Cristo, pero
superior a la de todos los otros santos. los últimos Papas han enseñado la
doctrina ya antigua de que todas las gracias se conceden por medio de la
Santísima Virgen.
Por este motivo, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos
de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. (LG, 62).
Origen y
Precursores
El movimiento por un quinto dogma fue iniciado alrededor de 1915 por el
Cardenal Désiré-Joseph Mercier con el apoyo del entonces padre Maximiliano
Kolbe. El 1990 el Dr. Mark I. Miravalle inició el Movimiento Vox Populi por
el Quinto Dogma Mariano.
Hoy día hay más de 600 obispos y 80
cardenales que se han adherido y más de 8 millones de fieles han pedido a los
diferentes papas la proclamación de dicho dogma.
Entre 1945 y 1959 la Virgen se apareció a la vidente Ida Peerdeman en
Ámsterdam.
En estas apariciones, María realiza dos peticiones principales: la
primera es la extensión al mundo entero de la oración por la paz de la Señora
de todos los Pueblos; la segunda es la proclamación del quinto dogma mariano,
por el que la Iglesia reconozca a María como Corredentora, Mediadora de
todas las gracias y Abogada de toda la humanidad.
El 12 de Junio de 1973 la hermana Agnes Sasagawa oraba en su convento en
Akita (Japón), cuando observó rayos brillantes que emanaban del tabernáculo. El
mismo milagro se repitió durante varios días.
En ese periodo Sor Agnes recibió
tres mensajes de la Virgen.
Los misteriosos eventos en Akita se centran principalmente en una estatua
de madera de la Santísima Virgen María en el convento de las Doncellas de la
Santa Eucaristía.
Esta estatua tuvo hasta 101 lacrimaciones. Según el Padre
Thomas Aquinas Yasuda, la máxima autoridad de estas apariciones, la Virgen
María llora a través de la estatua para enseñarle a la Iglesia la verdad de la
Corredención. Estas lágrimas representan su sufrimiento al pie de la Cruz
y por tanto está relacionado con la aprobación del Quinto Dogma Mariano de
María Corredentora, Medianera y Abogada.
Efectos de
la Corredención
Es difícil atisbar en estos momentos el alcance de esta Gracia concedida
a la Santísima Virgen y cuyos efectos venideros son anunciados por el Cielo a
través de los Mensajes de Amor y Conversión. El efecto de la Corredención y la
proclamación del Quinto Dogma Mariano, están detrás de una buena parte de los
acontecimientos más relevantes que en este fin de los tiempos van a suceder a
la humanidad. La Divina Misericordia de Jesús y la Corredención de María
sostienen a la humanidad y la proclamación del nuevo dogma le abrirá al mundo
una Puerta de Amor Santo, protegiéndolo de toda calamidad y , dando a la
humanidad y a toda la Iglesia una Era de Paz y de Amor.
- El Gran Aviso que María ha prometido al mundo, cuando cada ser
humano vea sus pecados como el Señor los ve, es una Gracia de su
Corredención.
- El Gran Milagro o despertar de las conciencias, donde muchas almas recibirán la Gracia de Salvación y en ese día,
además de que habrá muchas curaciones corporales, lo más importante serán
los milagros espirituales. Esta gracia se obtiene por la Corredención
Intercesora de María.
- La Llama de Amor del Corazón de María que descenderá a toda la
humanidad para transformarla y purificarla para el Reino de Su Hijo
proviene también de Su Corredención. (Ver Profecías de la llama de amor, dadas a Isabel Kindelmann)
- El Santo Rosario es la manifestación más grande de la Corredención
de la Virgen María y por su poder se salvan muchas almas.
Solo cuando María sea reconocida como la Perfecta Colaboradora del Plan
de Salvación de Dios y Corredentora de las Almas y de la Iglesia, el mundo, la
humanidad, acogerá los Pedidos de Jesús y su Palabra.
El Cielo nos pide que seamos corredentores con Nuestra Madre Corredentora
y que ayudemos a nuestra Madre a salvar almas, porque Jesús la entrego a la
humanidad en la Cruz y nos pide que la amemos, que confiemos en Ella, que
oremos con Ella, porque Ella, es Nuestra Madre, y está atenta a nuestras
oraciones, y preocupada por nosotros sus Hijos.
LA
INFLUENCIA DE MARÍA MEDIADORA
Padre Reginald Garrigou-Lagrange, OP (n.1877 - +1964)
Al ocuparnos de los fundamentos de la vida interior, no es posible tratar
de la acción de Jesucristo, mediador universal, sobre su cuerpo místico, sin
hablar igualmente de la influencia de María Mediadora.
Hay muchos ilusos, decíamos, que pretenden alcanzar la unión con Dios,
sin recurrir constantemente a Nuestro Señor que es el camino, la verdad y la
vida. Otro error sería querer llegar a Nuestro Señor sin pasar por María a
quien la Iglesia llama, en una fiesta especial, Mediadora de todas las gracias.
Los protestantes cayeron en este error.
Sin llegar a esta desviación, hay
católicos que no comprenden la necesidad de recurrir a María para conseguir la
intimidad con el Salvador. El Beato Grignon de Montfort habla también de «Doctores
que no conocen a la Madre de Dios, sino de una manera especulativa, árida,
estéril e indiferente; que temen abusar de la devoción a la Santísima Virgen,
hacer injuria a Nuestro Señor honrando demasiado a su Santísima Madre. Si
hablan de la devoción a María, no es tanto para recomendarla como para reprobar
las exageraciones».
Para formarnos idea exacta de esta devoción, veremos qué se entiende por
mediación universal y cómo María es la medianera de todas las gracias, según lo
afirma con la Tradición, el Oficio y Misa de María Mediadora que se reza el 31
de Mayo. Mucho se ha escrito sobre el asunto en estos últimos tiempos;
consideraremos esta doctrina en sus relaciones con la vida interior.
¿Qué se
entiende por mediación universal?
“Al oficio de mediador”, dice Santo Tomás, “corresponde el acercar y unir
a aquellos entre quienes ejerce tal oficio; porque los extremos se unen por un
intermediario”.
Ahora bien, unir los hombres a Dios es propio de
Jesucristo que nos ha reconciliado con el Padre, según las palabras de San
Pablo (II Cor., v19): “Dios reconcilió al mundo consigo mismo en Cristo.
Por
eso sólo Jesucristo es el perfecto mediador entre Dios y los hombres, cuanto
por su muerte reconcilió con Dios al género humano.”
Igualmente, después de
decir San Pablo: “Uno sólo es el mediador entre Dios y los hombres, Cristo
Jesús hecho hombre”, continúa: ·”que se ha entregado en rehén por todos. Nada
impide, sin embargo, que, en cierto modo, otros sean dichos mediadores entre
Dios y los hombres, en tanto cooperan a la unión de los hombres con
Dios, como encargados o ministros.”
En este sentido, añade santo Tomás los profetas y sacerdotes del Antiguo
Testamento pueden llamarse mediadores; y lo mismo los Sacerdotes de la Nueva
Alianza, como ministros del verdadero mediador.
“Jesucristo”, continúa el Santo, “es mediador en cuanto hombre; porque en
cuanto hombre es como se encuentra entre los dos extremos: inferior a Dios por
naturaleza, superior a los hombres por la dignidad de su gracia y de su
gloria. Además, como hombre unió a los hombres a Dios enseñándoles sus
preceptos y dones, y satisfaciendo por ellos.” Jesús satisfizo como
hombre, mediante una satisfacción y un mérito que de su personalidad divina
recibió infinito valor. Estamos pues ante una doble mediación, descendente
y ascendente, que consistió en traer a los hombres la luz y la gracia de Dios,
y en ofrecerle, a favor de los hombres, el culto y reparación que le
eran debidos.
Nada impide pues, que, como acabamos de decir, haya otros mediadores
secundarios, como lo fueron los profetas y los sacerdotes de la antigua Ley
para el pueblo escogido. Por eso podemos preguntarnos si no será María la
mediadora Universal para todos los hombres y para la distribución de todas y
cada una de las gracias. San Alberto Magno habla de la mediación de María como
superior a la de los profetas cuando dice: “Non est assumpta in ministerium a
Domino, sed in consortium et adjutorium, juxta illud: Faciamus ei
adjutorium similie sibi”; María fue elegida por el Señor, no como
ministra, sino para ser asociada de un modo especialísimo y muy íntimo a la
obra de la redención del género humano.
¿No es María, en su cualidad de Madre de Dios, naturalmente
designada para ser mediadora universal? ¿No es
realmente intermediaria entre Dios y los hombres? Sin duda, por ser
una criatura, es inferior a Dios y a Jesucristo; pero está a la vez muy por
encima de todos los hombres en razón de su maternidad divina, «que la coloca en
las fronteras de la divinidad» (Cajetanus), y por la plenitud de la gracia
recibida en el instante de su concepción inmaculada, plenitud que no cesó de
aumentar hasta su muerte.
Y no solamente por su maternidad divina era María la designada para esta
función de mediadora, sino que la recibió y ejercitó de hecho.
Esto es lo que nos demuestra la Tradición, que le ha otorgado el título
de mediadora universal, aunque subordinada a Cristo; título por lo demás
consagrado por la fiesta especial que se celebra en la Iglesia universal.
Para bien comprender el sentido y el alcance de este título, consideremos
que le conviene a María por dos razones principales: 1º, por haber ella
cooperado por la satisfacción y los méritos al sacrificio
de la Cruz; 2º, porque no cesa de interceder a favor nuestro y
de obtenernos y distribuirnos todas las gracias que recibimos del
cielo.
Tal es la doble mediación, ascendente y descendente, que debemos
considerar, para aprovecharnos de ella sin cesar.
María
Mediadora por su cooperación al Sacrificio de la Cruz
Durante
todo el curso de su vida en la tierra, hasta el Consummatum
est («Todo está cumplido»), la Virgen cooperó al Sacrificio de su Hijo.
En primer lugar, el libre consentimiento que dio el día de la Anunciación
era necesario para que el misterio de la encarnación fuera una realidad; como
si Dios, dice Santo Tomás (III, q.30, a.1), hubiera esperado el consentimiento
de la humanidad por la voz de María. Por aquel libre Fiat, la
Virgen cooperó al sacrificio de la Cruz, pues que así nos dio el sacerdote y la
víctima.
Cooperó
asimismo al ofrecer su Hijo en el templo, como una hostia purísima,
cuando el viejo Simeón, ilustrado por luz profética, veía en este infantito “la
salud dispuesta por Dios para todos los pueblos, la luz de la revelación para
los gentiles, y la gloria de Israel” (Luc., II, 31). María, más iluminada que
el mismo Simeón, ofrendó su Hijo y comenzó a sufrir dolorosamente con
Él, al oír al santo anciano anunciar que aquel niño sería “un signo de
contradicción”, y que “una espada traspasaría el alma de su madre” (Ibid.).
Pero fue
sobre todo al pie de la Cruz donde María cooperó al sacrificio de Cristo, al
unirse a Él en la satisfacción y en los méritos, más íntimamente que lo que
lengua humana pueda expresar. Algunos Santos,
particularmente los estigmatizados, han estado excepcionalmente unidos a los sufrimientos
y a los méritos del Salvador; un San Francisco de Asís, por ejemplo, y una
Santa Catalina de Siena. Pero fue muy poca cosa en comparación con la unión de
la Virgen.
¿Cómo ofreció María a su Hijo? De la misma forma que su Hijo se ofrendó.
Jesús hubiera podido fácilmente, por milagro, impedir que los golpes de sus
verdugos le causaran la muerte; pero se inmoló voluntariamente. “Nadie me quita
la vida, ha dicho Él mismo, sino que soy yo quien la da; pues tengo el poder de
darla y el de volverla a recuperar”(Juan, x, 17). Renunció Jesús a su
derecho a la vida y se ofrendó entero por nuestra salvación.
Y de María se dicen en San Juan, xix, 25: “Stabat juxta crucem Jesu mater
ejus” (Estaba junto a la Cruz de Jesús su madre), junto a la Cruz de Jesús se
hallaba de pie su Madre, e indudablemente muy unida a Él en
sus dolores y su oblación. Como dice el Papa Benedicto XV: “Renunció a sus
derechos de madre por la salvación de todos los hombres”.
La
Santísima Virgen aceptó el martirio de Jesús y lo ofreció por nosotros; todos
los tormentos que Él sufrió en su cuerpo y en su alma, los sintió Ella en la
medida de su amor. Como ninguno, padeció María los sufrimientos mismos del
Salvador; sufrió por el pecado en la medida de su amor a Dios, a quien
el pecado ofende; del amor a su Hijo a quien el pecado crucificó,
y del amor a las almas, a las que el pecado estraga y da la muerte.
Y
la caridad de la Virgen era incomparablemente superior a la de los mayores
Santos.
Así cooperó al sacrificio de la Cruz a guisa de satisfacción o
reparación, ofreciendo a Dios por nosotros, con gran dolor y amor ardentísimo,
la vida de su Hijo bien amado, más precioso para ella que su propia vida.
En aquel instante, el Salvador satisfizo por nosotros en estricta
justicia, mediante sus actos humanos que, por su personalidad divina, tenían
valor infinito, suficiente a reparar la ofensa de todos los pecados mortales
juntos y aun más.
Su amor complacía a Dios más que lo que todos los
pecados pudieran desagradarle (Santo Tomás, III, q., a.2). Ésta es la
esencia del misterio de la Redención. En el Calvario, y en unión con su Hijo,
María satisfizo por nosotros, con una satisfacción fundada, no en la estricta
justicia, sino en los derechos de la íntima amistad o caridad que la unía a
Dios.
En el momento en que su Hijo iba a morir crucificado, aparentemente
vencido y abandonado, ella no cesó un solo instante de creer que Él era el
Verbo hecho carne, el Salvador del mundo que, tres días después, resucitaría
como había predicho. Fue éste el más grande acto de Fe y de Esperanza; y fue
igualmente, después del amor de Cristo, al mayor acto de amor. Él hizo
de María la Reina de los mártires, siendo ella mártir, no sólo por
Jesús, sino juntamente con Él, en tal forma que una sola cruz bastó
para hijo y madre, ya que en cierto modo María fue en ella clavada por su amor
a Jesús. Asi fue CORREDENTORA, como dice Benedicto XV, en el sentido de
que con Jesús, en Él y por Él, rescató al género humano.(Cita en la
Encíclica del Denzinger, Enchiridion, nº3034, nota 4).
Por la misma razón, todo lo que Jesucristo en la Cruz nos ha merecido en
estricta justicia, María nos lo ha merecido con mérito de
conveniencia fundado en la caridad que a Dios la unía. Sólo Jesucristo,
como cabeza de la humanidad, pudo merecer estrictamente transmitirnos la vida
divina, pero S.S. Pío X confirmó la doctrina de los teólogos cuando escribió:
“María, unida a Cristo en la obra de la Redención, nos mereció
de congruo (con mérito de conveniencia) lo que Jesucristo nos mereció
de condigno” (Cf. Pium X, Encyclica “Ad diem illum”, 2 de febrero de 1904
(Denzinger, Ench., nº3034 –sigue cita latina-;… hay que notar que el mérito de
congruo, que se funda in jure amicabili seu in caritate, es ciertamente un
mérito propiamente dicho, aunque inferior al de condigno; la palabra mérito se
dice de los dos según una analogía de proporcionalidad propia y no sólo
metafórica).
El primer fundamento tradicional de esa enseñanza común de los teólogos,
y sancionada por los soberanos Pontífices, es que María, en toda la tradición
griega y latina, es llamada la nueva Eva, Madre de todos los
hombres para la vida del alma, como Eva lo fue para la vida
corporal. Y la madre espiritual de los hombres debe, pues, darles esa
vida espiritual, no como causa física principal (que es Dios solo)
sino moralmente, por mérito de congruo, ya que el otro mérito pertenece a
Jesucristo.
El oficio y la Misa propios de María mediadora reúnen los principales
testimonios de la Tradición y su fundamento escrito, particularmente los
clarísimos textos de San Efrén, gloria de la iglesia siria, de San Germán de
Constantinopla, de San Bernardo y de San Bernardino de Siena.
Aún en el segundo y el tercer siglo, San Justino, San Ireneo y Tertuliano
insistían en el paralelo entre Eva y María, y enseñaban que si la
primera concurrió a nuestra caída, la segunda colaboró a nuestra redención («…El
género humano encadenado por una virgen, por otra Virgen fue liberado…, y
quedaron rotas las ligaduras que nos encadenaban» (San Ireneo). «María es,
después de Jesús, mediador por excelencia, la mediadora del mundo
entero, mediatrix totius mundi, y que por ella obtenemos todos los bienes
espirituales» (San Efrén). «Nadie se salva sino por ti, oh Santísima, nadie
queda libre de sus males sino por ti, oh Inmaculada; nadie recibe los dones de
Dios sino por ti, oh Purísima» (San Germán de Constantinopla). «Oh
medianera y abogada nuestra, reconciliadnos con vuestro Hijo, encomendadnos y
presentadnos a Él». (San Bernardo, segundo Sermón de Adviento,5).
Estas enseñanzas de la Tradición descansan, en parte, en las palabras de
Jesús narradas en el Evangelio de la Misa de María Mediadora: El Salvador
estaba a punto de expirar, y “viendo a su Madre y junto a ella al discípulo que
amaba, dijo a su Madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dijo al
discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la tomó por
tal” (Juan xix, 27).
El sentido
literal de estas palabras: «he ahí a tu hijo», se refiere a San Juan; pero para
Dios los sucesos y las personas significan varias cosas; y en este lugar, San
Juan designa espiritualmente a todos los hombres rescatados por el sacrificio
de la Cruz. Dios y su Cristo hablan no sólo
mediante las palabras que emplean, sino a través de los sucesos y personas que
les están sujetos, y por ellos dan a entender lo que les place dentro de los
planes de la Providencia. Al tiempo de morir, al dirigirse Jesús a María y a
Juan, vio en este último la personificación de todos aquéllos por quienes
derramaba su sangre. Y como estas palabras crearon, por decirlo así, en María
una profundísima afección maternal, que incesantemente envolvió al alma del
discípulo amado, ese afecto sobrenatural se hizo extensivo a todos nosotros, e
hizo realmente de María la madre espiritual de todos los hombres.
Así se expresan, el abad Ruperto en el siglo VIII, más tarde San
Bernardino de Siena, Bossuet, el B. Grignon de Montfort y muchos otros. No
hacen sino seguir lo que la Tradición nos dice de la nueva Eva, madre
espiritual de todos los hombres.
Si se estudian, en fin, teológicamente, los requisitos para el mérito de
congruo o de conveniencia, mérito fundado no en la justicia sino en la caridad
o amistad sobrenatural que nos une a Dios, en nadie podremos encontrarlo mejor
realizado que en María. Si, en efecto, una buena madre cristiana, por su
virtud, gana méritos para sus hijos, ¿con cuánta más razón María,
incomparablemente más unida a Dios por la plenitud de la caridad, no podrá
merecer a favor de los hombres?
Tal es la mediación ascendente de María, en cuanto ofreció con Nuestro
Señor, a favor nuestro, el sacrificio de la Cruz, haciendo obra de reparación y
mereciendo por nosotros.
Consideremos ahora la mediación descendente, por la que nos distribuye
los dones de Dios Nuestro Señor.
María
Santísima nos obtiene y nos distribuye todas las Gracias
Es ésta una doctrina cierta, según lo que acabamos de decir de loa Madre
de todos los hombres; como Madre, se interesa por su salvación, ruega por ellos
y les consigue las gracias que reciben.
En el Ave, maris Stella se canta:
Solve vincla reis, Rompe al reo sus cadenas,
Profer lumen coecis, Concede a los ciegos ver;
Mala nostra pelle, Aleja el mal de nosotros,
Bona cuncta posce Alcánzanos todo bien.
(Los jansenistas habían
modificado este verso, para evitar el afirmar esta mediación universal de María)
León XIII, en una Encíclica sobre el Rosario (Encycl. Octobri mense, 22
sept. 1891),dice: “Por expresa voluntad de Dios, ningún bien nos es concedido
si no es por María; y como nadie puede llegar al Padre sino por el Hijo, así
generalmente nadie puede llegar a Jesús sino por María.”
La Iglesia, de hecho, se dirige a María para conseguir gracias de toda
suerte, tanto temporales como espirituales, y, entre estas últimas, desde la
gracia de la conversión hasta la de la perseverancia final, sin exceptuar las
necesarias a las vírgenes para guardar su virginidad, a los apóstoles para
ejercer su apostolado, a los mártires para permanecer invictos en la fe. Por
eso, en las letanías lauretanas universalmente rezadas en la Iglesia desde hace
mucho tiempo, María es llamada: “salud de los enfermos, refugio de los
pecadores, consuelo de los afligidos, auxilio de los cristianos, Reina de los
apóstoles, de los mártires, de los confesores y de las vírgenes.” Su mano es la
dispensadora de toda suerte de gracias, y aun, en cierto sentido, de las
gracias de los Sacramentos; porque ella nos los ha merecido en unión con
Nuestro Señor en el Calvario, y nos dispone además con su oración a acercarnos
a esos Sacramentos y a recibirlos convenientemente; a veces hasta nos envía el
Sacerdote sin el cual esa ayuda sacramental no nos sería otorgada.
En fin, no sólo cada especie de gracia nos es distribuida por mano de
María, sino cada gracia en particular. No es otra cosa lo que la fe de la
Iglesia declara en estas palabras del Ave María: “Santa María, Madre de
Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte;
amén.” Ese “ahora” es repetido, cada minuto, en la Iglesia, por millares de
fieles que piden de esta manera la gracia del momento presente; y ésta es
la más particular de todas las gracias, varía con cada uno de nosotros y para
cada uno en cada minuto. Aunque estemos distraídos al pronunciar esas palabras,
María, que no lo está, y conoce nuestras necesidades espirituales de cada
momento, ruega por nosotros y nos consigue las gracias que recibimos.
Tal enseñanza, contenida en la fe de la Iglesia, y expresada por la
oración colectiva (lex orandi, lex credendi), está fundada en la Escritura y en
la Tradición. En efecto, ya en su vida sobre la tierra, aparece María en la
Escritura como distribuidora de gracias. Por ella santifica Jesús al Precursor,
cuando visita a su prima Santa Isabel y entona el Magnificat. Por ella
confirma Jesús la fe de los discípulos de Caná, concediendo el milagro que
pedía. Por ella fortaleció la fe de Juan en el Calvario, diciéndole: “Hijo, ésa
es tu madre.” Por ella, en fin, el Espíritu Santo descendió sobre los
Apóstoles, ya que María Santísima oraba con ellos en el Cenáculo el día de
Pentecostés, cuando el divino Espíritu descendió en forma de lenguas de fuego
(Act.,I, 14).
Con mayor razón, después de la Asunción, desde su entrada en la gloria,
es María distribuidora de todas las gracias. Como una madre bienaventurada
conoce en el cielo las necesidades espirituales de los hombres todos. Y como es
muy tierna madre, ruega por sus hijos; y como ejerce poder omnímodo sobre el
corazón de su Hijo, nos obtiene todas las gracias que a nuestras almas llegan y
las que se dan a los que no se obstinan en el mal. Es María como el acueducto de todas gracias y, en el cuerpo místico, a modo de cuello que junta la
cabeza con los miembros.
A propósito de lo que ha de ser la oración de los avanzados, trataremos
de la verdadera devoción a María según el B. Grignon de Montfort. Pero ya desde
este momento se comprende cuán necesario es hacer con frecuencia la oración de
los mediadores, es decir, comenzar esta conversación filial y confiada con
María, para que nos conduzca a la intimidad de su Hijo, y a fin de elevarnos
luego, mediante la santísima alma del Salvador, a la unión con Dios, ya que
Jesús es el camino, la verdad y la vida.
Extracto
de la encíclica del Papa Pío X,
«Ad Diem Illum Laetissimum»,
2 de febrero de 1904 sobre la devoción a la Santísima Virgen.
“María, corredentora A todo esto hay que añadir, en alabanzas de la
santísima Madre de Dios, no solamente el haber proporcionado, al Dios Unigénito
que iba a nacer con miembros humanos, la materia de su carne con la que se
lograría una hostia admirable para la salvación de los hombres; sino también el
papel de custodiar y alimentar esa hostia e incluso, en el momento oportuno,
colocarla ante el ara. De ahí que nunca son separables el tenor de la vida y de
los trabajos de la Madre y del Hijo, de manera que igualmente recaen en uno y
otro las palabras del Profeta: mi vida transcurrió en dolor y entre gemidos mis
años. Efectivamente cuando llegó .la última hora del Hijo, estaba en pie junto
a la cruz de Jesús, su Madre, no limitándose a contemplar el cruel espectáculo,
sino gozándose de que su Unigénito se inmolara para la salvación del género
humano, y tanto se compadeció que, si hubiera sido posible, ella misma habría
soportado gustosísima todos .los tormentos que padeció su Hijo. Y por esta
comunión de voluntad y de dolores entre María y Cristo, ella mereció
convertirse con toda dignidad en reparadora del orbe perdido, y por tanto en
dispensadora de todos los bienes que Jesús nos ganó con su muerte y con su
sangre. Cierto que no queremos negar que la erogación de estos bienes
corresponde por exclusivo y propio derecho a Cristo; puesto que se nos han
originado a partir de su muerte y El por su propio poder es el mediador entre
Dios y los hombres. Sin embargo, por esa comunión, de la que ya hemos hablado,
de dolores y bienes de la Madre con el Hijo, se le ha concedido a la Virgen
augusta ser poderosísima mediadora y conciliadora de todo el orbe de la tierra
ante su Hijo Unigénito. Así pues, la fuente es Cristo y de su plenitud todos
hemos recibido; por quien el cuerpo, trabado y unido por todos los ligamentos
que lo nutren... va obrando su crecimiento en orden a su conformación en la
caridad. A su vez María, como señala Bernardo, es el acueducto; o también el
cuello, a través del cual el cuerpo se une con la cabeza y la cabeza envía al
cuerpo la fuerza y las ideas. Pues ella es el cuello de nuestra Cabeza, a
través del cual se transmiten a su cuerpo místico todos los dones espirituales.
Así pues es evidente que lejos de nosotros está el atribuir a la Madre de Dios
el poder de producir eficazmente la gracia sobrenatural, que es exclusivamente
de Dios. Ella, sin embargo, al aventajar a todos en santidad y en unión con
Cristo y al ser llamada por Cristo a la obra de la salvación de los hombres,
nos merece de congruo, como se dice, lo que Cristo mereció de condigno y es
Ella ministro principal en .la concesión de gracias. Cristo está sentado a la
derecha de la majestad en los cielos; María a su vez está como reina a su
derecha, refugio segurísimo de todos los que están en peligro y fidelísima
auxiliadora, de modo que nada hay que temer y por nada desesperar con ella como
guía, bajo su auspicio, con ella como propiciadora y protectora. Con estos
presupuestos, volvemos a nuestro propósito: ¿a quién le parecerá que no tenemos
derecho a afirmar que María, que desde la casa de Nazaret hasta el lugar de la
Calavera estuvo acompañando a Jesús, que conoció los secretos de su corazón
como nadie y que administra los tesoros de sus méritos con derecho, por así
decir, materno, es el mayor y el más seguro apoyo para conocer y amar a Cristo?
Esto es comprobable por la dolorosa situación de quienes, engañados por el
demonio o por doctrinas falsas, pretenden poder prescindir de la intercesión de
la Virgen. ¡Desgraciados infelices! Traman prescindir de la Virgen para honrar
a Cristo: e ignoran que no es posible encontrar al niño sino con María, su Madre.”






