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 El Espíritu Santo en la vida de San José

 

El Espíritu Santo no sólo llamó a José a ser el esposo de la Virgen y el padre adoptivo del Hijo del Padre

Celestial, sino que también le dio la gracia para cumplir con este impresionante servicio.

EL MISMO ESPÍRITU SANTO ES LA FUENTE DEL AMOR CONYUGAL DE JOSÉ POR MARÍA Y EL AFECTO PATERNAL POR EL HIJO DE MARÍA.

La Iglesia enseña que María y José tuvieron un verdadero matrimonio. Tenían un profundo afecto conyugal mutuo y compartían todos los bienes del matrimonio: María y José se hicieron votos de fidelidad para toda la vida y se abrieron para recibir la vida nueva de Dios. A través de sus votos matrimoniales, Dios los unió en un vínculo de amor que se convirtió en una fuente permanente de gracia en la Nueva Alianza. Obviamente, en el caso de su matrimonio, la unión nunca se consumó por respeto al niño que les fue dado por Dios. José, en su amor conyugal a María, es el custodio de su virginidad. También es el custodio del hijo que él y María recibieron de Dios.




ÉL, EL JEFE DE LA SAGRADA FAMILIA EN LA TIERRA, DESDE SU LUGAR EN EL CIELO, SIGUE EJERCIENDO UNA PATERNIDAD ESPIRITUAL EN LA IGLESIA.

En la encíclica Custodio del Redentor, Juan Pablo II señala que José tenía todo el amor natural por Jesús que todo padre tiene por su hijo. El Espíritu Santo fue el origen de este afecto paterno que José experimentaba por Jesús. Esto estimula la contemplación de José sosteniendo al bebé en sus brazos, jugando con el niño, enseñándole a caminar, escuchando sus primeras palabras… Se puede contemplar a José lanzando juguetonamente a Jesús al aire y atrapándolo para deleite del niño, o al niño subiendo al regazo de su padre, jugando con su barba, acurrucándose cerca de su corazón. Tal vez a veces José olvidaba que este niño no era su propio ¡Qué admiración debe haber sentido cuando recordaba que Jesús era el hijo natural del Dios de Israel!

 

Hay otro hecho que no debemos omitir: José hizo por Jesús lo que todo padre hace por su hijo a nivel del desarrollo humano. Santo Tomás de Aquino describió con perspicacia el papel de los padres varones en la formación humana del niño. Afirma:

“Está claro que la crianza de la persona humana exige no sólo el cuidado de la madre, quien lo nutre, sino aún más del cuidado del padre, quien lo debe instruir, defender y perfeccionar tanto en lo interior como en lo exterior”

Dado que los católicos creen que el Hijo Eterno de Dios adquirió una naturaleza humana verdadera como propia, una naturaleza humana como la nuestra en todo, menos en el pecado, debemos afirmar que José lo defendió y lo perfeccionó tanto en lo exterior como en lo interior.

Jesús debe haber hablado como San José. Debe haber caminado como San José. Debe haber imitado los gestos y las expresiones de San José. Como aprendiz de San José en el taller de carpintería, Jesús seguramente aprendió las habilidades del oficio de José.

 

¿Quién es capaz de sondear la profundidad de la función formativa de José a nivel del carácter afectivo y psicológico de Jesús? Aunque el Hijo del Padre estaba dispuesto en su naturaleza humana para hacer la voluntad del Padre de manera única, el carpintero de Nazaret, sin embargo, tuvo una influencia paterna en la formación de esta naturaleza humana.

En la elección de José como padre adoptivo de su Hijo, Dios Padre eligió al hombre que, por la gracia, sería más a su semejanza. José ha sido descrito correctamente como la imagen humana de Dios Padre.

¡Qué maravilloso contemplar la primera palabra humana del niño Jesús! ¿No podría haber sido abba, la palabra aramea para papi o papá? ¿El niño Jesús habrá dicho su primera palabra a José, la cual, a su vez, despertó en su conciencia humana una percepción más profunda de su origen de otro Padre? Tan familiar y tierna era la relación del Señor con su madre, María, y su abba, José, que Dios eligió preservar muchos de estos detalles en un secreto que solo conocían María, José y Jesús.

 

"La Iglesia necesita a San José y su intercesión, puesto que se encuentra al inicio del nuevo milenio, ansioso por llevar al mundo entero a una relación salvadora con Jesucristo."

San Juan Pablo II


"Que San José sea para todos un maestro singular en el servir a la misión salvífica de Cristo, tarea que en la Iglesia compete a todos y a cada uno: a los esposos y a los padres, a quienes viven del trabajo de sus manos o de cualquier otro trabajo, a las personas llamadas a la vida contemplativa, así como a las llamadas al apostolado".

San Juan Pablo II

 




Actuación de cada uno de los dones del Espíritu Santo en San José

 

Sería prolijo analizar detalladamente esta actuación particular de cada don en San José; por eso nos limitaremos a recordar únicamente el objeto o materia propia de cada uno.

1.   Don de entendimiento: Por el don de entendimiento, que purificó y perfeccionó su fe, obtuvo el santo Patriarca un conocimiento mucho más profundo, esclarecido y exacto de todos los misterios y verdades sobrenaturales, penetrando su íntimo sentido y conveniencia, especialmente en aquellos que tan íntimamente prestó su cooperación, como la encarnación y redención divinas.

2.   Don de sabiduría: Este don perfeccionó la ardentísima caridad de San José, no intrínsecamente, sino dándole un conocimiento afectivo y experimental admirable y suavísimo de esa presencia e íntima unión con Dios por el amor, juzgando de todo lo demás y ordenándolo todo a su transformación de lo más profundo de sí mismo en Dios.

3.   Don de ciencia: Este don completó el conocimiento y juicio que San José tuviera de las cosas humanas, capacitándole para juzgar con certeza sobre lo que debía obrar, es decir, como los debía utilizar en orden a Dios y a su aprovechamiento sobrenatural.

4.   Don de consejo: Por el don de consejo el Espíritu Santo corroboró la virtud de la prudencia en San José, dando certeza y seguridad a sus juicios prácticos para elegir todas las cosas necesarias o convenientes en orden a la vida eterna, especialmente para juzgar en los casos concretos más difíciles e inesperados y obrar en ellos con toda confianza y decisión.

5.   Don piedad: El espíritu Santo, por el don de piedad, imprimió constantemente en el alma de San José un afecto filial hacia Dios, como a verdadero Padre, sintiendo vivamente esa filiación divina amando a los demás hombres como hijos también de Dios y a hermanos en él, abarcando en su afecto a todos los seres como a cosas de Dios, ofreciéndose también en sacrificio y redención por los demás hombres, unido al sacrificio de María de María y de Jesús.

6.   Don de fortaleza: Con el don de fortaleza San José aceptó aquel divino ministerio tan superior a sus fuerzas perseverando en el cumplimiento de sus deberes a pesar de todas las dificultades, siempre seguro de la ayuda divina, sereno y hasta gozoso en los trabajos en los trabajos y persecuciones, esperando del Señor la recompensa.

7.   Don de temor de Dios: Por el don de temor el santo Patriarca vivió siempre sometido a Dios con filial reverencia, no temiendo precisamente su pecado o reparación, pero reconociendo su pequeñez ante la excelencia y majestad divinas y ante innumerables gracias con que incesantemente le favoreció.

Sin duda que los siete dones del Espíritu santo, los que San José debió ejercitar por razón de su ministerio fueron el don del consejo y el don de fortaleza, para dirigir y gobernar y defender a la Sagrada Familia entre tantas privaciones y adversidades, sin perder un momento de vista el supremo sacrificio de la cruz.

Cuánto haya sido el mérito que adquirió y la gloria que le corresponde por el ejercicio de tantas virtudes y la correspondencia a los dones del Espíritu Santo, hemos de deducirlo de la abundancia de la gracia y de la caridad con que estuvo siempre adornado, de la cantidad y excelencia de sus obras y de la perfección de cada uno de sus actos, sirviéndonos de suprema medida en todo aquello su excelsa aproximación a la Santísima Virgen.

 

Espíritu Santo enséñanos a escucharte como lo hizo san José

 

San José nos muestra cómo el Espíritu Santo puede transformar la sencillez de nuestra existencia cotidiana y hacer algo grande en medio de lo oculto y de lo pequeño.

 

En el texto de Lucas 2,39-51, la familia de Jesús aparece como una familia piadosa. Luego de explicar que “cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor” (2,39), dice también que “iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua” (v. 41).

 

Ellos son un símbolo de los pobres de Yahvé, ese resto fiel que Dios usa como instrumento para hacer llegar la salvación a su pueblo. José es la figura masculina, reflejo de la paternidad de Dios, inseparable del signo femenino y materno de María. Por eso, la Virgen María no se entendería adecuadamente sin José.

 

Por otra parte, celebrar a San José es sumamente importante para advertir hasta qué punto Jesús quiso compartir nuestras vidas. Él no quiso vivir entre nosotros como un ser extraño, aislado de la vida de la gente. Prefirió tener una familia, depender como todo niño y adolescente de un varón que hizo de padre, y someterse a él. De ese modo, también se integraba en una familia más grande y en su pueblo.

 

Es interesante notar que el Jesús adolescente podía ir y venir entre la caravana de su pueblo un día entero (2,44). Nada de aislamiento de los demás. Era uno más, “el hijo del carpintero” (Mateo 13,55).

 

Pidámosle al Espíritu Santo que nos enseñe a vivir con profundidad la sencillez de la vida de todos los días, como la vivió San José.

 

 


Padre Frederick L. Miller, S.T.D.