La Iglesia militante y
sus rasgos combativos esenciales
Si no hay batalla, no hay Cristiandad. Si no
hay batalla, no hay verdadera Iglesia de Dios, no hay verdadera Iglesia
Católica. El Concilio Vaticano Segundo enseña: «A través de toda la historia
humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada
en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final.
Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar continuamente para acatar el
bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios,
es capaz de establecer la unidad en sí mismo» (Gaudium et spes, 37). Esta
situación dramática del mundo que «todo entero yace en poder del maligno» (1ª
Jn.5,19; cf. 1ª Pe.5,8) hace de la vida del hombre un combate (Catecismo de la
Iglesia Católica 409).
La Palabra de Dios nos enseña: «Lucha la buena
lucha de la fe; echa mano de la vida eterna, para la cual fuiste llamado» (1
Tim. 6,12). La vida cristiana es ciertamente contienda. San Pablo escribió que
luchamos contra las fuerzas de las tinieblas: «Para nosotros la lucha no es
contra sangre y carne, sino contra los principados, contra las potestades,
contra los poderes mundanos de estas tinieblas, contra los espíritus de la
maldad en lo celestial» (Ef. 6,12).
Santo Tomás de Aquino explica el significado
que tienen las expresiones bíblicas como mundo o esté presente siglo malo.
Nuestro Señor consuela a sus discípulos poniendo el ejemplo de alguien que
padece persecución, con estas palabras: «Si el mundo os odia, sabed que me ha
odiado a Mí antes que a vosotros» (Jn.15,18). También predice Nuestro Señor que
serán odiados: «Seréis odiados de todos los pueblos por causa de mi nombre»
(Mt. 24,19). «Dichosos sois cuando os odiaren los hombres» (Lc. 6,22). Pensar
esto brinda mucho consuelo al justo para que soporte valerosamente las
persecuciones. Según San Agustín, los miembros del cuerpo no deben considerarse
superiores a la Cabeza, ni negarse a ser parte del Cuerpo por no estar
dispuestos a soportar junto con la Cabeza el odio del mundo (Tract. in Io., 87,
2). El mundo puede tener dos significados. En primer lugar, para quienes llevan
una vida virtuosa en el siglo: «Cristo estaba en Dios, reconciliando consigo al
mundo» (2 Cor. 5,19). Y también puede tener un sentido negativo, dirigido a
quienes aman al mundo: «El mundo entero está bajo el Maligno» (1 Jn. 5,19). Y
así, el mundo entero odia a todo el mundo, porque los que aman el mundo, que
están extendidos por todo el orbe, odian al mundo entero (es decir, a la
Iglesia de los buenos), que se ha extendido por todo el planeta. A continuación,
dice otra cosa para darles consuelo, basada en la razón porque los odian.
Primero expone la razón por la que a algunos los ama el mundo; y luego, por qué
el mundo odia a los apóstoles. Si el mundo ama a algunos es porque son como el
mundo: «Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo» (Jn. 15,19). Y así, el
mundo (esto es, los que aman el mundo) ama a quienes aman el mundo. De acuerdo
con esto, el Señor dice: «Si fuerais del mundo», o sea, seguidores del mundo,
«el mundo amaría lo suyo», porque seríais suyos y semejantes a él: «Ellos son
del mundo; por eso hablan según el mundo, y el mundo los escucha» (1 Jn. 4,5).
Y ahora explica por qué el mundo aborrece a los
apóstoles, porque no son como el mundo. Dice: «Pero como vosotros no sois
del mundo, el mundo os odia» (Jn.15,19).
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| Santo Tomás de Aquino |
"Se un Buen Soldado de Cristo: Luchando la
Buena Batalla"
La llamada de Dios a ser buenos soldados de
Cristo. La vida cristiana no es un paseo, sino una batalla espiritual en la que
estamos llamados a participar activamente. A través de las Escrituras,
descubriremos cómo podemos abrazar nuestra identidad como soldados de Cristo y
luchar la buena batalla.
I. El Llamado a la Guerra Espiritual: 2 Timoteo
2:3
Comenzamos reconociendo que no somos simples
espectadores, sino soldados llamados a la guerra espiritual. En 2 Timoteo 2:3,
Pablo instruye a Timoteo a ser fuerte como buen soldado de Jesucristo.
II. Vestirse de la Armadura de Dios: Efesios
6:11
Efesios 6:11 nos insta a vestir la armadura de
Dios para poder resistir las artimañas del diablo. Cada pieza de esta armadura,
desde el yelmo de la salvación hasta la espada del Espíritu, nos equipa para
enfrentar los desafíos espirituales.
III. La Disciplina del Soldado: 1 Corintios
9:25, Juan 14:15
Un buen soldado no solo lucha, sino que también
se disciplina. En 1 Corintios 9:25, Pablo compara nuestra vida espiritual con
la disciplina de un atleta. Además, Jesús nos recuerda en Juan 14:15 la
importancia de obedecer sus mandamientos como una expresión de amor y
disciplina.
IV. La Identidad del Soldado de Cristo: 2
Timoteo 2:4
2 Timoteo 2:4 nos revela que el soldado de
Cristo tiene una lealtad exclusiva a su Comandante. No se enreda en los asuntos
de esta vida, sino que busca agradar al que lo llamó.
V. La Lucha Contra los Poderes Espirituales:
Efesios 6:12
Efesios 6:12 nos recuerda que nuestra lucha no
es contra carne y sangre, sino contra los principados y potestades
espirituales. Como soldados de Cristo, enfrentamos enemigos que van más allá de
lo físico.
VI. Preparación Diaria para el Combate: Salmo
144:1
El Salmo 144:1 nos llama a ser entrenados para
la batalla, reconociendo que Dios es nuestro maestro de guerra. Cada día, en
nuestra comunión con Él, encontramos la preparación necesaria para enfrentar
los desafíos que se avecinan.
VII. Victoria a Través del Comandante Supremo:
Romanos 8:37
A pesar de las batallas y tribulaciones,
encontramos consuelo en Romanos 8:37, que nos asegura que somos más que
vencedores a través de Aquel que nos amó. Nuestra victoria no depende de
nuestra fuerza, sino del poder de nuestro Comandante Supremo.
VIII. La Recompensa del Buen Soldado: 2 Timoteo
4:7-8
Finalmente, 2 Timoteo 4:7-8 nos presenta la
recompensa del buen soldado que ha luchado la buena batalla, ha terminado la
carrera y ha guardado la fe. La corona de justicia aguarda a aquellos que han
sido fieles en el servicio militar de Cristo.
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| San Ignacio de Loyola. Soldado de Cristo |
«Se nos llama soldados de Cristo para señalar
que debemos resistir los ataques de nuestros enemigos espirituales y afianzar
nuestra victoria sobre ellos siguiendo y obedeciendo a Nuestro Señor. Tenemos
motivos sobrados para no avergonzarnos jamás de la Fe católica, porque es la Fe
tradicional establecida por Cristo y enseñada por sus Apóstoles. Es la Fe por
la que padecieron y dieron la vida incontables mártires. La Fe que ha traído al
mundo la verdadera civilización, con todos sus beneficios. Y es la única Fe que
verdaderamente puede reformar y mantener la moral pública y privada. Es preciso
conocer los misterios fundamentales de la Fe y los deberes del cristiano (…) ya
que es imposible ser un buen soldado sin conocer el reglamento del ejército en
cuyas filas se combate y entender las órdenes de Cristo. La expresión los días
son malos se refiere a la época en que vivimos, rodeados por los cuatro
costados de incredulidad, doctrinas falsas, libros malos, malos ejemplos y
tentaciones de toda índole» (3 part, lesson 15).
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| Padres de la Iglesia |
En tiempos de los Padres de la Iglesia, los
cristianos tenían conciencia de que eran soldados espirituales de Cristo y
combatían por la Verdad aun a riesgo de su vida. Tertuliano escribió: «Se nos
ha convocado a la guerra del Dios vivo, desde el momento en que respondimos
conforme a las palabras del Sacramento, es decir, cuando pronunciamos el voto
bautismal de obediencia a Cristo» (Mart., 3, 1). Por su parte, San Cirilo de
Jerusalén dijo a los catecúmenos: «Os habéis incorporado a las filas del Gran
Rey» (Catech. 3, 3).
El deber cristiano de combatir el pecado, los
errores y las tentaciones del mundo incluya combatir los errores internos de la
Iglesia, o sea toda herejía y ambigüedad doctrinal.
San Ignacio de Loyola es uno de los maestros
más elocuentes de la verdad de la Iglesia militante combativa. En el libro de
sus Ejercicios espirituales dice: «Considera la guerra que vino a traer Cristo
Jesús del Cielo a la Tierra». La gente está hecha a la idea de que Nuestro
Señor Jesucristo vino para traer paz. Pero con toda naturalidad, San Ignacio
comienza la meditación diciendo: «Considera la guerra que vino a traer Cristo
Jesús del Cielo a la Tierra».
Un verdadero caballero espiritual católico del
siglo XX como fue Plinio Correia de Oliveira, el seglar brasileño que dedicó la
vida a defender la Santa Madre Iglesia de las arremetidas espirituales e
infiltraciones del anticristiano espíritu de la Revolución, el modernismo y el
comunismo, afirmó: «Todo hombre nace soldado, aunque no todo soldado emplee su
armamento. En efecto, todos los hombres nacen soldados, porque, como dice la
Escritura, Militia est vita hominis super terram [La vida del hombre en la Tierra
es milicia] (Job 7,1). Nuestra vida es contienda, y es así como debemos
entenderla por encima de todo. Desde el momento en que se ve la luz natural al
nacer se es soldado. Más tarde, con el bautismo, se adquiere la luz de la
Gracia y se nace por segunda vez, en esta ocasión a la vida sobrenatural,
convirtiéndose en soldado para defenderla. No sólo eso; la Iglesia tiene un
sacramento particular por el que confirma al hombre como soldado en toda la
extensión de la palabra. Es el sacramento de la Confirmación. No todo soldado
hace uso de sus armas en el campo de batalla, pero quienes lo hacen son
privilegiados. Como la misión del soldado es combatir, cuando toma las armas
para entrar en batalla se vuelve privilegiado. Imaginemos un pintor que no
pinta, un músico que no sabe tocar, un cantante que no sabe cantar, un profesor
incapaz de dar clases o un diplomático al que se le impide meterse en política»
(Plinio Correia de Oliveira).
«Nuestro Señor Jesucristo, Rey de la Iglesia
Católica, viene a pedirnos que nos incorporemos a la guerra santa que libra
dentro de la Iglesia contra el progresismo, y dentro del Estado, contra el
comunismo. Nos llama a luchar y a no ser blandengues ni indiferentes en esta
contienda, sino a batallar con toda el alma.» «Desde luego, San Ignacio no
habla de progresismo. Como su meditación es para todos los tiempos, se refiere
en sentido general al mundo, el demonio y la carne, que son la causa de todos
los errores en todas las épocas, en las que simplemente cambian de nombre. En
su tiempo, el error era el protestantismo, apoyado por personas que se decían católicas,
pero en el fondo eran protestantes que promovían el protestantismo al interior
de la Iglesia Católica. En el ámbito civil, tenían a eliminar toda desigualdad
social y política. Es decir, que eran precursores de la Revolución Francesa».
(Plinio Correia de Oliveira)
Contamos con declaraciones impresionantes y muy
apropiadas de pontífices de los tiempos modernos sobre el carácter
esencialmente combativo de la Iglesia. León XIII enseñó: «Existe una fuerza
enemiga, la cual, a instigación e impulso del espíritu del mal, no dejó de
luchar contra el nombre cristiano y siempre se asoció algunos hombres para
juntar y dirigir sus esfuerzos destructores contra las verdades que Dios
reveló, y, por medio de funestas discordias, contra la unidad de la sociedad
cristiana. Son como cohortes dispuestas para el ataque, y nadie ignora cuánto
la Iglesia hubo de sufrir sus asaltos en todo tiempo. Ahora bien, el espíritu
común a todas las sectas anteriores que se sublevaron contra las instituciones
católicas, revivió en la secta llamada masónica, la cual, prendada de su poder
y riqueza, no teme avivar el fuego de guerra con una violencia inaudita y de
llevarlo aún en todas las cosas más sagradas» (León XIII, encíclica Inimica
vis, del 8 de diciembre de 1892).
«Negarse a combatir por Cristo significa luchar
contra Él. Él mismo nos garantiza que negará ante su Padre celestial a quienes
se nieguen a confesarlo en la Tierra» (León XIII, encíclica Sapientiae
christianae, 43)
«Los enemigos de la Iglesia tienen por objetivo
–y no vacilan en proclamarlo, jactándose muchos de ellos– la destrucción total,
si fuera posible, de la religión católica, única verdadera. Con tal finalidad,
son capaces de todo, porque saben de sobra que cuanto más se desanimen quienes
los resisten, más fácil les resultará llevar a cabo su impío plan. Por eso, los
que estiman la prudencia de la carne y fingen desconocer que todo cristiano
tiene que ser un valiente soldado de Cristo; los que desean alcanzar los
premios merecidos por los vencedores, mientras viven como cobardes sin
participar en la lid, están tan lejos de frustrar el avance de los inclinados
al mal que, por el contrario, hasta contribuyen a fomentarla» (ibid., 34).
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| San Pío X |
San Pío X describe la verdadera situación del
mundo a comienzos del siglo XX afirmando que es sumamente hostil a Cristo y a
su Verdad: «En verdad, con semejante osadía, con este desafuero de la virtud de
la religión, se cuartea por doquier la piedad, los documentos de la fe revelada
son impugnados y se pretende directa y obstinadamente apartar, destruir
cualquier relación que medie entre Dios y el hombre. Por el contrario -esta es
la señal propia del Anticristo según el mismo Apóstol-, el hombre mismo con temeridad
extrema ha invadido el campo de Dios, exaltándose por encima de todo aquello
que recibe el nombre de Dios; hasta tal punto que -aunque no es capaz de borrar
dentro de sí la noción que de Dios tiene-, tras el rechazo de Su majestad, se
ha consagrado a sí mismo este mundo visible como si fuera su templo, para que
todos lo adoren. Se sentará el templo de Dios, mostrándose como si fuera Dios»
(2 Tes. 2,2). (Pío X, encíclica E supremo apostolatus, 4 de octubre de 1903,
4-7). «En nuestra opinión, el magnífico ejemplo de lo soldados de Cristo tiene
mucho más valor para conquistar y santificar las almas que las palabras de
profundos tratados» (Pío X, encíclica Editae saepe, 26 de mayo de 1910, 4).
Pío XI nos enseña: «Los incrédulos y los
enemigos de la fe católica, cegados por la presunción, pueden ciertamente
renovar constantemente sus ataques a todo lo que se llama cristiano, pero al
arrebatar a la Iglesia militante a aquellos a los que matan, se convierten en
instrumento de su martirio y de su gloria celestial. No menos hermosas que
ciertas son estas palabras de San León Magno: “La religión de Cristo, cimentada
en el misterio de la Cruz, no puede ser vencida por ninguna forma de crueldad:
las persecuciones no debilitan a la Iglesia, sino que la fortalecen. El campo
del Señor siempre no deja de producir nuevas cosechas, mientras las semillas
sacudidas por las tormentas arraigan y se multiplican”» (Homilía pronunciada
durante la canonización de San Juan Fisher y Santo Tomás Moro, 19 de mayo de
1935).
El cardenal Karol Wojtiła, futuro papa Juan
Pablo II, en un discurso con motivo del Congreso Eucarístico celebrado en
Filadelfia en 1976, declaró: «Actualmente asistimos al mayor conflicto que ha
experimentado la humanidad en su historia. No creo que la sociedad de los
EE.UU., ni tampoco la Cristiandad en su conjunto, lo perciban plenamente.
Estamos viviendo el enfrenamiento definitivo entre la Iglesia y la anti iglesia,
el Evangelio y el anti evangelio, Cristo y el anticristo. Este conflicto entra
en los planes de la Divina Providencia. Es, por tanto, el plan de Dios, y la
Iglesia debe aceptar esta prueba, afrontándola valerosamente». El papa Juan
Pablo señaló las raíces de este conflicto: «Este combate contra el Diablo que
caracteriza al Arcángel San Miguel no ha terminado, porque el Diablo sigue vivo
y activo en el mundo. Es más, el mal que contiene, el desorden que observamos
en la sociedad, la infidelidad del hombre, la fragmentación interna de la que
es víctima, no son meras consecuencias del pecado original, sino también el
efecto de las tenebrosas y contagiosas actividades de Satanás, saboteador del
equilibrio moral del hombre» (Discurso pronunciado el 24 de mayo de 987 en el
monte Gargano).
Benedicto XVI habló de la necesidad de combatir
al mal en nuestros tiempos: «Hoy la palabra Ecclesia militans está algo pasada
de moda; pero en realidad podemos entender cada vez mejor que es verdadera,
contiene verdad. Vemos cómo el mal quiere dominar en el mundo y es necesario
entrar en lucha contra el mal. Vemos cómo lo hace de tantos modos, cruentos,
con las distintas formas de violencia, pero también disfrazado de bien y
precisamente así destruyendo los fundamentos morales de la sociedad. San Agustín
dijo que toda la historia es una lucha entre dos amores: amor a uno mismo hasta
el desprecio de Dios; amor a Dios hasta el desprecio de uno mismo, en el
martirio. Nosotros estamos en esta lucha» (Palabras del Santo Padre a los
cardenales, 2 de mayo de 2011).
Tenemos un texto impresionante del siglo III
que hace una ardiente exhortación a ser en todo momento buenos soldados de
Cristo: «Considerad bien lo que os digo: ¿Cuándo tiene Cristo necesidad de
vuestra ayuda? ¿Ahora, cuando el Maligno ha declarado la guerra a su Esposa, o
en los tiempos venideros, cuando Cristo reinará victorioso sin necesidad de más
asistencia? ¿Acaso no es evidente para el que tenga el menor entendimiento, que
es ahora cuando la necesita? Así pues, apresuraos de buen grado ante la presente
necesidad de librar batalla en el bando de este buen Rey, que se caracteriza
por otorgar generosos galardones después del combate» (Epístola de Clemene a
Jacobo, 4).
Nuestras armas son las de la justicia, que son
ante todo las armas de la oración y de una vida de santidad, las armas del
auxilio espiritual de los santos ángeles, las armas de la ciencia sagrada, de
la apologética, de las justas y francas protestas individuales y colectivas
contra la descristianización y la degradación moral de la sociedad.
Necesitamos con urgencia un nuevo Enchiridion
militia christianae, manual del combate espiritual cristiano que escribió el
humanista Erasmo de Rotterdam a principios del siglo XVI. Necesitamos una nueva
apología titulada Triunfo de la Santa Sede y de la Iglesia ante los ataques de
los innovadores, libro que escribiría en 1799 el papa Gragorio XVI en medio de los
ataques masónicos de la Revolución francesa contra la Iglesia.
Ya en 1946 Pío XII hizo un análisis muy
acertado y realista de la situación espiritual del mundo y de la Iglesia en
nuestro tiempo: «El objetivo al cual dirige hoy el adversario sus arremetidas,
abierta o sutilmente, ya no es, como solía ser hasta ahora, un punto concreto
de la doctrina o la disciplina, sino todo el conjunto de la fe y de la moral
cristiana hasta las últimas consecuencias. Dicho de otro modo: se trata de un
asalto total; de un sí rotundo o un no rotundo. En tales circunstancias, el
verdadero católico debe mantenerse tanto más firme todavía sobre el terreno de
su fe y demostrarla en la práctica» (Discurso a los jóvenes de Acción Católica
de Italia, 20 de abril de 1946).
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| Beato John Henry Newman |
Al beato John Henry Newman debemos esta
alentadora declaración sobre el triunfo de la Iglesia en la batalla contra el
mal y el mundo: «No tiene nada de novedoso en la Iglesia que, en tiempos de
confusión y ansiedad, cuando abundan los escándalos y el enemigo está a la
puerta, sus hijos, lejos de desfallecer, mejor dicho gloriándose en el peligro,
como se alegran los valientes en los desafíos que ponen a prueba su fuerza; no
tiene nada de novedoso, digo, que emprendan su tarea como si estuvieran en los
tiempos de mayor prosperidad. (…) La evocación del pasado nos augura el éxito.
Nuestros estandartes portan los nombres de numerosos campos de batalla que nos
hinchieron de gloria. Somos fuertes en la fortaleza de nuestros predecesores, y
con nuestra humilde capacidad, queremos hacer lo que hicieron los santos que
nos precedieron. (…) No hace falta tener carácter heroico para afrontar estos
tiempos y mirarlos con desdén; porque somos católicos. Contamos con dieciocho
siglos de experiencia. (…) Una o dos, o una docena de derrotas, si las
tuviéramos, no serán suficientes para acabar con la grandiosidad de llamarse
católico» (Discursos ante congregaciones mixtas, 12).
Como soldado de Cristo, todo católico debe ser
siempre consciente de que combate en el bando ganador, porque Christus vincit,
y como expresó con gran concisión San Juan Crisóstomo: «Más fácil es apagar el
sol que destruir la Iglesia» (Hom. In Is. 7). Cobremos ánimo y valor en la
santa batalla que libramos por Nuestro Señor y su Iglesia en los tenebrosos y
procelosos tiempos en que vivimos, con esta exhortación, también de San Juan
Crisóstomo: «Nadie puede separar lo que Dios ha unido. Si, hablando de marido y
mujer, dice: «Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a
su mujer, y serán los dos una sola carne. Lo que Dios juntó, el hombre no lo
separe» (Mt. 19, 5-6). Si el matrimonio no se puede disolver, mucho menos se
podrá deshacer la Iglesia de Dios. Se la podrá combatir, pero no será posible
dañar el objeto de los ataques. Y mientras me haces más ilustre, te debilitas
combatiéndome. Duro te es dar coces contra el agudo aguijón. No le embotas el
filo, sino que te ensangrientas los pies. Las olas no rompen la roca; se
disuelven en espumas. Nada hay más poderoso que la Iglesia; deja de combatirla,
no sea que te venza. No libres combates contra el Cielo. Si luchas contra un
hombre, o lo vences o te vence. Pero si combates la Iglesia no podrás triunfar.
Porque Dios puede más que todos. «¿O es que queremos provocar a celos al Señor?
¿Somos acaso más fuertes que Él?» (1 Cor.10,22) ¿Quién se atreverá a subvertir
el orden que Dios ha establecido? No conocéis su poder. Mira la Tierra y la
hace temblar. Da la orden, y lo que se sacudía queda firme. «El Cielo y la
Tierra pasarán, pero las palabras mías no pasarán» (Mt. 24,35). ¿Qué palabras?
«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del
abismo no prevalecerán contra ella» (Mt.16,18). Si no os fiais de las palabras,
confiad en los hechos. ¡Cuántos tiranos han intentado dominar a la
Iglesia! ¡Cuántas parrillas, hornos, fauces de fieras y filosas espadas lo
habrán intentado! Y no lo han conseguido. ¿Qué fue de los opresores? Están
sepultados en el silencio y el olvido. ¿Y dónde está la Iglesia? Resplandece
más que el sol. Las obras de ellos se acabaron; las de la Iglesia son
inmortales. Pues bien, si siendo tan pocos no han podido dominarnos, ¿cómo los
vencerás tú ahora que el mundo está lleno del servicio a Dios? «El Cielo y la
Tierra pasarán, pero las palabras mías no pasarán»» (Mt. 24,35) (Homilia ante
exilium,1-2).
Según el rito tradicional de la Iglesia
Católica Romana, en el santo bautismo se nos hace siete veces la señal de la
cruz para que siempre nos acordemos de que el cristiano está inseparablemente
ligado a la Cruz de Nuestro Señor, a fin de que esté protegido espiritualmente
y pueda vivir una vida de santo combate por Él con la señal invisible de su
Cruz. Se nos hace la cruz en la frente para que aceptemos la cruz del Señor; se
nos hace en los oídos para que escuchemos los preceptos divinos; en los ojos, para
que veamos la claridad de Dios; en la nariz, para que percibamos la grata
fragancia de Cristo; en la boca, para que hablemos palabras de vida; en el
pecho para que creamos en Dios, y en los hombros para que asumamos el yugo del
servicio a Cristo.
La mayor ayuda con que podemos contar en nuestra vida personal como soldados de Cristo, así como toda la Iglesia militante, está en la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios. Ella es vencedora en todas las batallas del Señor.
Dirijámonos a Ella para pedirle:
Reina augusta de los Cielos, soberana de los
ángeles: a Ti que al principio recibiste de Dios el poder y la misión de
aplastar la cabeza de Satanás, te suplicamos humildemente que envíes a legiones
de santos ángeles para que, a tus órdenes y con tu poder, localicen a los
demonios, los combatan en todas partes, pongan freno a su osadía y los
precipiten al abismo. ¿Quién como Dios? Madre buena y tierna, siempre tendrás
nuestro amor y esperanza. Madre de Dios, envía a los santos ángeles y los
arcángeles para que me defienda y mantenga al cruel enemigo alejado de mí.
Santos ángeles y arcángeles, guardadnos y protegednos, amén.
Escritos de: Mons. Athanasius Schneider
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